La capital del desierto

Autor del artículo: Inés Eléxpuru

Fecha de publicación del artículo: 06/06/2006

Año de la publicación: 2006

Un grupo familiar en blanco y negro avanza por la Corniche. No tiene prisa. Las níveas camisas de los varones están almidonadas, mientras que las vaporosas abayas femeninas dejan, en el mejor de los casos, tan sólo el rostro al descubierto. El mar apenas se estremece ni se escucha, es terso y muestra un radiante azul turquesa. Los rascacielos que forman la línea del cielo se reflejan en las aguas quietas de la bahía. Algún alminar sobresale de entre el cristal y el acero en forma de capricho arabizante. Es el centro de Doha, la capital de Qatar.

Aquí, todo parece distinto. Es el occidental quien, por una vez, se siente el pobre del guión, rascándose el bolsillo ante las tentaciones en oro de 24 quilates y los perfumes de esencia de rosa, almizcle y ámbar en alambicados frascos de cristal de Bohemia. Casi se siente incivilizado ante tanta asepsia, tanta seguridad y tanta calma, y todo bajo la mirada protectora de los qataríes, que comprenden su desarraigo. El país es rico, pequeño y organizado. Paro cero, pobreza cero, luego delincuencia cero. Lo dice el ministro de finanzas, Mohammed A. Althani: “la economía lleva un ritmo de crecimiento del 20%». Los rostros son risueños y el ambiente, cordial. La necesidad no vuelve a la gente desconfiada. Por lo demás, lo único antiguo que queda en Doha son los dhows, o barcazas de madera utilizadas por los recolectores de perlas, y el zoco Waqif, en el que se exhiben halcones para cetrería, telas bordadas, filigrana en oro, incienso y cafetines populares. Como contraste, en el inmenso City Center, un mega Mall de lo más moderno, florean las mejores marcas internacionales.

En las praderas de los aledaños del Hotel Sheraton, uno de los primeros en instalarse para acoger a los numerosos extranjeros inversores, grupos familiares hacen picnic y descansan.

En las praderas de los aledaños del Hotel Sheraton, uno de los primeros en instalarse para acoger a los numerosos extranjeros inversores, grupos familiares hacen picnic y descansan. Otros hacen gimnasia. Los hay inconfundiblemente qataríes (todos en blanco y negro), pero también árabes de otras latitudes, europeos y asiáticos. Nadie parece fijarse en nadie y todos se expresan fluidamente en inglés. Solamente un tercio de la población, alrededor de 250.000 personas, es qatarí. El resto es extranjero, y la cantidad fluctúa según la demanda de empleo. “Cuando necesitamos trabajadores, acudimos al país que nos interesa y, tras un exhaustivo reconocimiento médico, contratamos a un número determinado de personas pagándolas mucho mejor que en su país de origen”, explica convencido el Althani, “así es que vienen aquí tan contentas”. “La gente de aquí es muy amable con nosotros”, admite a su vez Hassan, un marroquí que trabaja en el Ritz Carlton, “pero, quieras o no, nos sentimos diferentes. Aunque un extranjero haya nacido aquí, como les sucede a los paquistaníes, nunca puede acceder a la nacionalidad”.

La corniche

Las distancias son tan grandes en Doha que una no sabe hacia dónde dirigirse. No es ciudad hecha para caminar, a excepción de los ocho plácidos kilómetros de su paseo marítimo, la Corniche.  Pregunto acerca del puerto a una mujer que pasea empuñando su móvil y viste bolso de Hermes, y no lo duda: “te llevo hasta allí, descuida, me sobra tiempo. Acabo de salir de trabajar y estaba dando un paseo”. Es viva, guapa y lozana y detenta un alto cargo en el ministerio del petróleo. No hay lugar para la desconfianza ni la duda; echaré con Nawal el resto de la tarde, entre visitas, fotos digitales y conversaciones instructivas acerca de la bondad del país y su sistema de gratuidad: enseñanza y sanidad gratuitas, electricidad y agua gratuitas. Los extranjeros pagan, pero poco. Se siente orgullosa. También habrá críticas, sin embargo, hacia la condición de la mujer y su empeño en taparse el rostro a lo beduino, dejando tan sólo los ojos a la vista. “Es una moda reciente entre las mujeres educadas y urbanas; absurdo. La poligamia, sin embargo, es cada vez más escasa”.

Una actitud, la de la reclusión visual voluntaria (algunos hombres luchan contra esta tendencia en sus propias familias), que contrasta vivamente con la de la esposa del Emir, Sheija Mozah Bint, una de las mujeres más visibles y emprendedoras de la oficialidad árabe. Desde su incontestable elegancia gatuna, Sheija Mohaz está presente en todos los foros y eventos de su pequeño país, a cara descubierta. Y estos no son pocos. Que si la segunda reunión de las Naciones Unidas para la Alianza de Civilizaciones (ella misma pertenece al Grupo de Alto de Nivel de las Naciones Unidas). Que si un encuentro arabo estadounidense para discutir acerca de las relaciones bilaterales, que si otro sobre la condición de la mujer en el mundo islámico. Los temas no son baladí, y el enfoque, tampoco.

El Emir de Qatar, Sheij Hamad bin Jalifa al Thani, ha optado por la libertad de expresión sin cortapisas. No en vano es aquí donde Aljazeera tiene su cuartel general, mientras que la BBC ofrece semanalmente un debate dirigido por el célebre Tim Sebastian, dedicado a afrontar abiertamente las cuestiones que más preocupan a los estudiantes. “Invertimos en cerebro”, aclara el Ministro de Finanzas, “somos conscientes de que el gas es perecedero”. La Ciudad de la Educación, dirigida por Sheija Mozah, contiene algunas de las academias y universidades más prestigiosas del mundo y es una muestra de esta inquietud formativa. “Hay que hacer algo con la juventud”, explica Su Alteza, “tiene que estar educada y emplearse en cosas inteligentes”.

La Ciudad de la Educación, dirigida por Sheija Mozah, contiene algunas de las academias y universidades más prestigiosas del mundo y es una muestra de esta inquietud formativa.

Desde luego, si Qatar pretende guardar sus retoños en su cálido y algo aburrido regazo, tiene que crear ideas y ocupaciones. Sus flamantes proyectos firmados Calatrava, Nouvel, Pei o Isozaqui, nada menos, se llenarán pues de centros de ocio, deportivos y educacionales, empresas multinacionales y tiendas de lujo. Las competiciones de moto y de golf (paradójico en pleno desierto), y los juegos olímpicos asiáticos 2006 son algunos más de los alicientes de esta ciudad empeñada en un crecimiento inteligente y sosegado, escaparate de tendencias pérsicas y suculento pastel deseado por los mayores inversores del mundo.

Fuente: Geo, Mayo de 2006

Fotografía: Inés Eléxpuru