Mil y una puertas a la Alhambra

Poesía en los muros

Caligrafía en un zócalo

Uno de los motivos que más admiración causan en la preciosista ornamentación de la Alhambra es la caligrafía árabe que, en distintos estilos adorna estucos, madera y azulejos. Su más célebre enunciado es: “No hay más vencedor que Dios”, el emblema nazarí por excelencia, escrito en letra cursiva. Pero, además de ello y de las abundantes citas coránicas, destaca la poesía que traza un hilo conductor que se puede perseguir por zócalos, fuentes y jambas. Los principales poetas de la Alhambra fueron Ibn al-Yayyab (1274-1349), Ibn al-Jatib (1313-1375) y el visir Ibn Zamrak (1333-1393), sin duda el más prolijo y a quien debemos los poemas y panegíricos que adornan múltiples lugares como la torre de la Cautiva:

“Esta obra ha venido a engalanar la Alhambra; / es morada para los pacíficos y los guerreros; / Calahorra que contiene un palacio / ¡Dí que es una fortaleza y a la vez mansión para la alegría! / Es un palacio en el cual el esplendor está repartido / entre su techo, su suelo y sus cuatro paredes; / en el estuco y en los azulejos hay maravillas, / pero las labradas maderas de sus techos son aún más extraordinarias….”.

O este otro poema que rodea la fuente del jardín de Daraxa:

“Yo soy un orbe de agua que se muestra a las criaturas diáfano y transparente / un gran Océano cuyas riberas son labores selectas de mármol escogido / y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo primorosamente labrado. / Me llega a inundar el agua, pero yo, de tiempo en tiempo, / voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre”.

Y así, hasta completar todo un itinerario caligráfico que nos desvela los pensamientos más orgullosos de la ciudadela roja (que eso quiere decir en árabe al hambra).

Agua para la prosperidad

La ciudad palatina de la Alhambra pudo construirse gracias al abundante suministro de agua, procedente de la Acequia Real que aportaba agua del río Darro. Este agua se almacenaba en los albercones, que aún se conservan (no se visitan habitualmente), elevándose hacia ellos mediante aceñas. La Acequia Real corría entre las huertas del Generalife y los jardines, y llegaba hasta los palacios nazaríes dónde adornaba patios y estancias.

El agua siempre ha tenido suma importancia en la ornamentación islámica, como modo de procurar paz y sosiego. Especialmente ingenioso es el sistema del Patio de los Leones, cuyos cuatro canalillos que parten de la fuente central alcanzan las salas de Dos Hermanas y Abencerrajes, terminando en el dulce repiqueteo de una fuente baja de pileta, que emula el paraíso coránico y sus aposentos, “en los que fluyen los arroyos”.

También el agua fue imprescindible en el desarrollo agrario, para el que se aprovecharon y mejoraron las infraestructuras romanas, creándose toda una red de canalizaciones y sistema cuyo nombre nos remite al árabe: azudes, acequias, albercas, aljibes, norias, aceñas… En este sentido, es muy interesante la llamada Escalera del Agua, en los jardines del Generalife, cuyos pasamanos transportan un agua pura destinada al abastecimiento.

El firmamento en las cúpulas

Para comprender la Alhambra, hay que mirar también hacia arriba. Las alcobas y salones de los palacios están coronados de impresionantes cúpulas cuya belleza debería de contemplarse recostado sobre mullidos divanes brocados posados en el suelo. Son una prolongación interior del firmamento.

Las cúpulas cubiertas de tejados a varias aguas fueron una de las características de la arquitectura nazarí. Los revestimientos de mocárabes, también, aunque son originarios de la arquitectura islámica iraní. Están compuestos de prismas de madera, yeso o ladrillo, que se combinan entre sí de manera tridimensional en forma de estalactitas, cubriendo los volúmenes cóncavos, para aportar una profundidad y luminosidad especiales. Las salas de Abencerrajes o Dos hermanas muestran enormes cúpulas de mocárabes, de forma estrellada, cuya luz cenital y delirantes juegos espaciales crean un efecto de irrealidad.

Otra de las modalidades fue la carpintería de armar, que inspiró los artesonados mudéjares posteriores. En el salón de Comares, la cúpula cuajada de diminutas estrellas de madera, emula los siete cielos musulmanes y transporta hacia la eternidad.

Las puertas de la medina

No hay que olvidar que, a pesar de su gran refinamiento e intimidad interior, la Alhambra fue ante todo una ciudad palaciega defensiva. En lo alto de la colina Sabika que preside, con sus 720 metros de longitud, se asemeja a “un gigantesco barco fondeado entre la montaña y la planicie”, según conocidas palabras de Leopoldo Torres Balbás, uno de sus mayores estudiosos.

Granada vista desde la AlhambraPara optimizar su función defensiva, estaba rodeada de varios anillos de murallas dotadas de 23 torres y diversas puertas. Estas ofrecen hoy algunos de los rincones más secretos y evocadores. Las puerta de las Armas, la Justicia, el Arrabal y Siete Suelos, forman un conjunto que da acceso a la medina de la Alhambra, algunos, insertos en torreones, y con doble acceso, interior y exterior, dotados de una serie de complicados recodos para asegurar la inaccesibilidad al enemigo. Generalmente están formadas de grandes y bellos arcos de herradura.

Hoy se puede admirar, entre otras, la Puerta del Vino, en la plaza de los Aljibes, una de las construcciones más antiguas, y en cuya fachada exterior aparece un balcón de delicada factura con dos arcos geminados, y una llave y un cordón, símbolo al parecer del poder del Profeta Muhammad de abrir los cielos. Y, según la leyenda, fue en la Puerta de Siete Suelos dónde Boabdil entregó las llaves de Granada a los Reyes Católicos, pidiéndoles al tiempo, que la condenaran para siempre.

Jardines del paraíso

“Cuanto más se contempla la Alhambra, más se tiene la sensación de que el ideal de los árabes era vivir sobre un jardín”, decía el arquitecto Fernando Chueca Goitia. En efecto, la cultura andalusí privilegió y ensalzó la creación de jardines hasta cotas insospechadas, no sólo como espacios para el disfrute de los sentidos, sino también como lugares científicos, para la aclimatación de especies venidas de Oriente, que habrían de revolucionar el campo de la farmacopea, la culinaria y la industria textil.

La Alhambra y el Generalife conservan el mejor conjunto de jardines hispano musulmanes conocidos. En ellos se ven representadas todas sus tipologías: el jardín patio, los vergeles y los llamados jardines de poder, escalonados. Estos se pueden apreciar perfectamente en las huertas del Generalife que miran hacia Granada.

La tradición andalusí perfeccionó los jardines interiores y acotados, como una prolongación de la tradición semítica del hortus conclusus. El más alto ejemplo lo tenemos en el Patio de los Arrayanes, formado de un enorme estanque que refleja el cielo y la fachada de la torre de Comares, duplicando el efecto espacial, al tiempo que aporta luminosidad a las estancias. Está rodeado de un seto de arrayán recortado, una planta muy andalusí y querida en la tradición musulmana.

Otra de las joyas es el Patio de los Leones. Representa el clásico patio de crucero, en forma de cruz, y sus cuatro canalillos emulan los ríos del Paraíso musulmán: Tigres, Eufrates, Nilo y Amu Daria. En él, una serie de delicados pabellones y galerías dan acceso a las salas, mitigando gradualmente la luz del sol, hasta alcanzar los interiores umbríos, mientras crean un emocionante juego de claroscuros. Imprescindible, es además el Jardín de la Acequia, en el Generalife (o jardines del alarife), formado de parterres rehundidos, andenes por los que pasear y una larga acequia rodeada de surtidores cantarines que refrescan el ambiente.

El Museo de la Alhambra

Fuente en forma de leónPara entender la Alhambra es también interesante asomarse a su vida cotidiana. Tanto la que transcurría en los palacios, como en los arrabales, mucho más modestos. Y para ello, no hay mejor que acercarse hasta el Museo de la Alhambra, en el Palacio de Carlos V. A lo largo de siete salas de museística moderna y cálida, se pueden contemplar algunos de los objetos más característicos de uso doméstico. Desde modestos candiles de barro, hasta braseros de bronce, aguamaniles, vajillas cerámicas, alfombras y zapatos de cuero.

Todo nos da claves del día a día. Pero, junto con paneras y otros objetos de uso diario relativamente humilde, surgen también piezas suntuarias como restos de tejidos de seda, arquetas de taracea, grifos de bronce con forma animal, y el célebre jarrón de las gacelas, una de las obras cumbres del arte nazarí, de reflejos metálicos, delicados dibujos y enormes dimensiones. Por cierto que en la vajilla, también se encuentran numerosos elementos cuyo nombre procede del árabe: ataifor, jofaina, jarra… Estas últimas, las jarras, se colocaban en pequeños nichos, o tacas, situados en las jambas de las puertas para calmar la sed del verano. Otra de las piezas más características del arte nazarí, era la jamuga, o silla en forma de tijera, en cuero y taracea.

Fuente: El Viajero (El País), 26 de mayo de 2007

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