La influencia de al-Andalus en Europa

Charla  impartida en Argel, con ocasión de un congreso organizado por el Alto Consejo Islámico sobre el racionalismo en Al-Andalus durante el siglo XII, bajo el lema Las aportaciones científicas de al-Andalus en las raíces culturales europeas, durante el siglo XII.

«En primer lugar, quiero agradecer en nombre de la Fundación de Cultura Islámica a la que pertenezco, y en mi propio nombre, esta magnífica iniciativa del Haut Conseil Islamique para organizar y realizar un coloquio sobre lo que supuso la civilización islámica en al-Andalus en el siglo XII, que indudablemente fue avance y paradigma de lo que hoy llamamos el diálogo de civilizaciones.

Diálogo que se manifiesta, según el Dr. Cherif Abderrahman Jah, Presidente de nuestra Fundación, en « cada momento de la convivencia que se deja traslucir subliminalmente, apenas en una frase de una crónica histórica »… o  «en esa comunicación no visible de cultura a cultura, que nos descubre pasado el tiempo los grandes préstamos culturales que se han realizado pacíficamente entre culturas que parecían antagonistas »

Al-Andalus y la coexistencia

Como todos sabemos, con el nombre de al-Andalus denominamos al espacio territorial y político en el que permaneció el Islam y la cultura islámica en la Península Ibérica durante siglos (del VIII al XV d.C.). La sociedad andalusí que lo poblaba, se compuso de árabes y bereberes, que se mezclaron en fecundo mestizaje con los hispano romanos y visigodos, ya asentados en la Península. Durante esa existencia de al-Andalus, coexistieron en paz, al menos durante el siglo X, musulmanes, cristianos y judíos.

Vista de GranadaPero la transcendencia histórica y social que tuvo esa permanencia, y la importancia del magnífico legado cultural que nos dejó, tanto en las artes, como en las ciencias, en el idioma y en las tradiciones, apenas ha sido reconocido por la historiografía española. Muchas veces por olvido, otras por negligencia, y las más por deseo consciente de ocultarlo.

Desde hace más de 20 años, algunas instituciones como la Fundación de Cultura Islámica, tienen entre sus objetivos, informar sobre el pasado histórico común, para poder reconocer cuánto le debemos a la cultura islámica como piedra angular de los avances de Occidente, que se plasmaron en el Renacimiento europeo.

Una reciente corriente de investigadores españoles y de otras nacionalidades, han demostrado la simbiosis hispano-musulmana en los más recónditas fibras del carácter español, viniendo a cubrir una serie de lagunas sociológicas que existían desde hace siglos, ya que la importancia del factor islámico en la Península Ibérica fue generalmente objeto de ignorancia, desconocimiento u olvido voluntario, como hemos dicho.

Como consecuencia de esta apertura intelectual, ya fue posible hablar de esa herencia subyacente islámica en el modo de ser peninsular, como primera corriente de transmisión entre el mundo islámico y el occidente europeo.

No queremos renunciar a ese gusto andalusí por la filosofía popular de los refranes,  a esa tradicional tendencia providencialista a lo divino, a la afición a peregrinaciones y a romerías, a la concepción « a su manera » del Más Allá, al uso de la tolerancia y la hospitalidad, a cierto carácter hedonista en la concepción de la vida, porque todo ello revela siglos de mestizaje cultural y étnico, mestizaje incluso espiritual, que se funde y manifiesta en el empleo  de un lenguaje el castellano, cuyo 20% se nutre de palabras árabes.

Hoy las emociones se han vuelto más agudas en el campo de la dialéctica histórica, fomentadas por los últimos y tristes sucesos de nuestra época.

El interés por los conocimientos islámicos

Para intentar cambiar esos estereotipos negativos y comprender hasta qué punto las culturas nunca se han desarrollado aisladamente unas de otras, sino que entre ellas se produce el fenómeno sociológico del intercambio y de los préstamos científicos, hoy puede servirnos de modelo aquella etapa andalusí que se desarrolló entre los siglos IX  y  XIII, siendo concretamente  el siglo XII el objeto de nuestra reflexión.

Puede decirse que los trabajos de traducción fueron un canal indirecto pero muy concreto de transmisión de influencias culturales. Había varios intereses ocultos en esta cuestión de las traducciones. A veces era el conocimiento objetivo de las ciencias que los musulmanes habían investigado y desarrollado. Otras veces, se trataba de remontarse hasta las tesis de la religión musulmana, poco conocidas en Occidente, a fin de combatir las bases ideológicas del Islam por el único medio de las armas intelectuales, y no militares, lo que demuestra un cierto modernismo en el planteamiento.

Como ejemplo, podemos citar el caso de abad de Cluny, Pedro el Venerable, quien en 1143 manda traducir el Corán al latín a Roberto de Ketene, con el objeto de poder refutar a los musulmanes su propio libro sagrado.

Epigrafía árabe

Este fue igualmente el caso del fraile franciscano mallorquín Raimundo Lulio (o Ramón Llull), (perteneciente al siglo XIII-XIV) quien quiso convertir a los musulmanes al cristianismo y para ello, estudió el árabe a la perfección, solicitando al Papa la creación en Europa de escuelas de enseñanza de la lengua árabe, solicitud que fue autorizada por el Concilio de Viena de 1311. Otros muchos centros de enseñanza de estudios orientales fueron creados entonces en esa misma época en Roma, en Bolonia, en Oxford y en París, así como en Salamanca.

Según una parte de la historiografía española, un fenómeno de mimetismo se produjo en Raimundo Lulio, quien fue influenciado por la asimilación del pensamiento musulmán, que él pretendía refutar; como lo demuestran sus puntos de vista sobre la oración mental, con una clara influencia musulmana, y su obra mística « Los Cien Nombres de Dios », inspirada en las doctrinas de los místicos sufíes.

En la mayor parte de estos casos, la intención inicial de la refutación religiosa (muy frecuente, por otra parte, en toda la Edad Media) fue sobrepasada por los resultados culturales, dando prioridad, pasado un tiempo, a los contenidos sobre la intencionalidad. De esta forma, a través de la filosofía y de la mística musulmanas, las vías de pensamiento comenzaron a fraguarse, de forma casi inconsciente, un camino que desembocó más tarde en los grandes místicos cristianos del siglo XVI en España.

Las escuelas de traducción

En el siglo XII, eruditos europeos y peninsulares, ya fueran musulmanes, judíos o cristianos, confluyeron en las escuelas de traducción de Toledo, Barcelona y Tarazona (Aragón). Muchos de ellos se acogieron a la protección del arzobispo de Toledo, Don Raimundo, estableciéndose así la primera escuela de traductores de Toledo, que continuó en el siglo XIII bajo el mecenazgo del rey Alfonso X el Sabio.

Estos traductores formaban grupos de traducción, donde el que mejor conocía la lengua árabe leía en alta voz, traduciendo directamente a la lengua romance y el copista, en general un clérigo, escribía todo vertiéndolo al latín.

En estos grupos, en el siglo XII, se integraban italianos como Gerardo de Cremona, ingleses como Roberto de Chester o Adelardo de Bath, escoceses como Miguel Scoto, flamencos como Rodolfo de Brujas, eslavos como Hermann de Carintia, judíos peninsulares como Mosés Sefardí de Huesca, e hispanos como el arcediano de Segovia, Domingo Gundisalvo, entre otros. Todos ellos estaban unidos por cierta amistad y por su trabajo, además de por su interés en verter al latín las enseñanzas y las ciencias del mundo musulmán andalusí.

Sin embargo fue una meritoria labor, ya que de esta forma los distintos traductores fueron extendiendo en sus países de origen, casi darse cuenta de su magnitud, las diferentes concepciones culturales (ya filosóficas o religiosas) de raíz islámica, y junto a los hispanos Juan de Sevilla (o el hispalense), Domingo Gundisalvo, ya citado, el judío Judá ben Mose, entre muchos otros, formaron, en torno a ellos, grupos que hoy podríamos calificar de internacionales, donde coexistían las leguas, árabes, hebrea y romance, junto al latín, lengua de recepción de esos saberes islámicos, descubriendo así una concepción intelectual nueva que abría los cerrados horizontes de Europa  en esos siglos.

La transmisión hacia Europa

Así, se dieron a conocer al resto de Europa, durante el siglo XII, no sólo las ciencias y saberes orientales e islámicos, sino los tratados científicos clásicos (de autores griegos, alejandrinos y romanos) a través de la mirada y la interpretación de sabios arabo-islámicos, como Ibn Rusd (Averroes para los latinos), mucho antes de que esos tratados clásicos llegaran en su versión original a Europa y pudieran traducirse directamente del griego al latín.

Aquellas traducciones se centraban preferentemente en materias científico matemáticas de autores musulmanes, anteriores al siglo XII, pero que despertaron un gran interés durante este siglo.

Los astrónomos musulmanes desarrollaron la teoría de la posición y del movimiento de los planetas, y describieron su órbita ovoide. Ese es el caso de al-Zarqalluh (el célebre Azarquiel) de Toledo, quien inventó en el siglo XI una serie de aparatos de astronomía, que innovaban el manejo del astrolabio clásico, unificando en una sola lámina, que denominó  « universal »,  el cálculo de las coordenadas de diferentes lugares. Instrumento  llamado « azafea » que en su honor fue designado como « azafea Zarqaliya ». Pero lo que también nos interesa reseñar es la transmisión de todos estos descubrimientos del mundo islámico, al mundo cristiano.

La mayor parte de los descubrimientos y experiencias de los astrónomos andalusíes fueron mandados recopilar en su traducción romance y latina por el rey de Castilla, Alfonso X el Sabio en el siglo XIII, en un tratado que fue muy conocido en los países europeos bajo el nombre « Libro del saber de astronomía ». Ahora bien, el reconocimiento de que muchos de esos adelantos se debían a  autores islámicos, ya se había difuminado en el olvido, tras la nebulosa de la traducción.

También los tratados de medicina, ciencia muy desarrollada en al-Andalus por dinastías familiares durante el siglo XII, como los Ibn Rusd de Córdoba (del clan de Averroes) o los sevillanos Ibn Zuhr,  fueron objeto del interés europeo.

Cultivo de arroz

Un miembro destacado de esta familia, Abu Marwan Ibn Zuhr (el Avenzoar latino) realizó originales experimentos en terapéutica y describió los tumores intestinales, siendo autor de una Guía para el cuidado de la salud « Kitab al-taysir », traducida al latín en 1280 con el nombre de « Theisir » y en la que aporta métodos para preparar medicamentos y dietas, como una obra pionera de la moderna medicina preventiva.

El conocimiento científico de la óptica entró en la Europa occidental en el siglo XII, de la mano de las traducciones de obras de Ibn Hunayn ibn Ishaq (s. IX) y especialmente de las obras del iraquí Ibn al-Haytam de Basora (s. X), quien descubrió la naturaleza corpuscular de la luz y definió la constitución del ojo humano. Descubrimientos que constituyeron uno de los más grandes progresos para la construcción del telescopio y el conocimiento de la oftalmología.

Continuando en esta línea de importantes descubrimientos, el cordobés Ibn Rusd (Averroes), en el siglo XII definió por primera vez la retina como órgano receptor de la sensación visual, ya que hasta entonces se la había considerado como una simple membrana. Un claro ejemplo de la recepción europea de estos saberes es la aplicación de ellos, que siglos más tarde, durante el llamado Renacimiento europeo, sabrá aprovechar el italiano Leonardo da Vinci (s. XIV)

La capacidad de reflexión en el mundo islámico

La brillante cultura de los musulmanes en el dominio de las diversas ciencias, las « ciencias racionales », como ellos las llamaban, respondía al concepto que el Islam tiene del ser humano, en tanto que ser dotado de reflexión, que no pertenece a una sola nación, sino a todas las civilizaciones. Y para el Islam es gracias a esta capacidad de reflexión por la que el hombre experimenta la necesidad de practicar las ciencias, y el hábito de pensar con precisión favorece el desarrollo del espíritu, al poner orden y coordinación en sus razonamientos. Pues como decía el sociólogo tunecino de origen sevillano, Ibn Jaldun (siglo XIV), hablando de la geometría :

« El estudio de la geometría es al espíritu como el jabón es a la ropa ».

Las aportaciones del pensamiento filosófico y místico arabo-islámico a la cultura occidental europea, tienen también una gran importancia. La corriente ascético mística musulmana que he citado antes, como factor de influencia en Raimundo Lulio, fue bien conocida en casi todas las universidades de la Europa medieval,  gracias a las traducciones de las obras del místico sufí persa al-Gazali realizadas por Gundisalvo y Juan Hispalense en Toledo. Hubo incluso un cierto misticismo racionalista contenido en la obra de Ibn Rusd a través del análisis de la doctrina aristotélica, tratando de armonizar la dialéctica Fe-Razón.

Esta tendencia averroista se introduce subrepticiamente en Europa gracias a la orden de los Dominicos, quienes se esfuerzan  en asimilar el pensamiento islámico con el fin de preparar a sus monjes para su misión en los países del Islam.

Será Santo Tomás de Aquino (s. XIII), quien admirará y comprenderá mejor la obra de Averroes, aunque en ciertas ocasiones le llamara « corruptor de la filosofía peripatética » en una clara alusión peyorativa, a los matices islámicos que impregnaba Averroes en sus comentarios a la obra aristotélica. Partiendo de la percepción averroista, Tomás de Aquino desarrollará su tesis sobre la posibilidad de discernir los dogmas de la fe por medio de la razón, creando así un cierto intelectualismo medieval.

Una visión universal y social

Noria portuguesa

El desarrollo de las diversas ciencias y tecnologías en el mundo islámico en general y en al-Andalus en particular, en un momento en el que el Occidente europeo estaba sumido en una gran oscuridad de conocimiento científico y mediocridad de pensamiento filosófico, refleja la puesta en práctica de la teoría islámica, según la cual, el hombre, dotado de inteligencia debe saber aprovechar las cosas que les ofrece la Creación, pero siempre con un carácter de utilidad y justicia social.

Esta visión universal, producto de esa capacidad de síntesis y de totalización que poseían los musulmanes del Medioevo, fue igualmente fructífera en el terreno del arte y de la artesanía. La célebre mezquita de Córdoba nos da un buen ejemplo de esa genial capacidad de síntesis del mundo islámico. En ella se mezclan el sistema de arcos romanos unidos a hileras de columnas, coronadas por capiteles clásicos y visigodos, ensambladas en arcos orientales y mosaicos bizantinos.

Sin embargo los musulmanes cordobeses supieron crear un ensamblaje perfecto entre los diversos elementos, aportando una magnífica solución a la fragmentación del espacio, gracias a una doble fila de columnas en alto. Con esta doble arcada aseguraban la estática del edificio y, al tiempo, se daba la impresión  de ligereza, de tal manera que ninguna otra obra de arte, podía igualársele.

Conclusión

No es fácil medir todos los factores de interpenetración cultural por medio de criterios estadísticos, incluso en la misma época en la que se producen. El grado de influencia de una cultura sobre otra no es, en la mayor parte de los casos, cuantificable, pues depende más bien de la receptividad de quien la asimila, y sus resultados no pueden ser evaluados más que pasado un cierto tiempo.

La Europa que mostró un interés por la cultura fue muy receptiva en el Medioevo, y concretamente en el siglo XII, en el terreno de las ciencias, de la filosofía, del arte y demás. Esto sucedía en general con casi todos los conocimientos procedentes de los musulmanes, conocimientos que llegaban a Europa por vía intelectual, aunque a menudo se desconocía o relegaba al olvido su origen islámico, a causa de los tabúes religiosos.

El rol de transmisión que desempeña la cultura, y que nosotros podemos constatar a lo largo de la Historia, anula las diferencias religiosas, ideológicas y étnicas entre civilizaciones, porque se basa en la lógica del conocimiento y en la apreciación de los valores intrínsecamente positivos. Por eso es indispensable conocer todas las facetas de una cultura, y más si ha sido silenciada en el curso de la historia o culpablemente ignorada, como ha sido el caso de la cultura islámica.

Muchos problemas actuales, como la discriminación mediante tópicos, la animadversión y la falta de acercamiento y comprensión hacia el mundo islámico, se podrían resolver conociendo mejor sus raíces. Y ello es posible si analizamos los factores socio-religiosos que generan esa animosidad entre las dos civilizaciones, en un intento por obviar los prejuicios históricos y evaluar los elementos de valor que se integran en su contexto. Pero sobre todo, si nos esforzamos en comprender las motivaciones ideológicas y la psicología de esos pueblos».

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Margarita López (FUNCI). Argel, Abril 2007