La civilización del libro

En el Día del Libro, que se celebra el 23 de abril, reproducimos un capítulo del catálogo de la exposición Qalam, el arte del libro, realizada por la Fundación de Cultura Islámica en colaboración con la Biblioteca Nacional del Reino de Marruecos en 2010. 

El cálamo supremo

Corán verde

“Lee, pues tu Señor es el más generoso. Él te enseñó a escribir con el cálamo” (Corán, 96: 3-4). El Corán expresa de esta forma la importancia de la escritura como medio de transmisión del conocimiento en el Islam. «¡Qué maravillosa labor la del cálamo: bebe oscuridad y vierte luz!». Ibn Burd al-Asgar (Córdoba, ss.IV-V/X-XI)

El Cálamo, por lo demás, está omnipresente en la tradición islámica, lo mismo que el concepto de Escritura, como soporte del destino de todo ser.  El “cálamo supremo”, o al-qalam al-a´la del Corán, es la pluma primordial  asociada a la Escritura Sagrada de Dios, que escribe sobre la “Tabla Protegida” (al-lawh al-mahfuz) el destino de los seres humanos:

Sin embargo es una Recitación sublime Contenida en una Tabla Protegida.
(85: 21-22)

Esta herramienta de escritura es un símbolo recurrente en la exégesis coránica y en el sufismo. La inalterabilidad del destino escrito por el cálamo sobre la Tabla Protegida, o Libro, se resume con el término maktub, que significa “está escrito”. Así, influenciados por la tradición musulmana, los hispano parlantes suelen decir: “estaba escrito que iba a suceder”.

No hay nada que ocurra en la tierra o en vosotros mismos sin que esté en un libro antes de que lo hayamos causado. Eso es fácil para Allah (57-22)

En la cosmología islámica, La Pluma y la Tabla forman un matrimonio celeste, la representación del principio masculino y femenino, del Yin y el Yang. Así, el gran sufí Ibn Arabi de Murcia, en su Al-Futuhat al-Makiyya, “Iluminaciones de la Meca”, asocia el Cálamo al principio masculino que fecunda, y la Tabla, al principio femenino fecundado.

La Arabia anteislámica

Anteriormente a la llegada del Islam en el siglo I/VII, la transmisión cultural era de signo oral más que escrito. Los árabes de la Yahiliya (la época ante islámica) hablaban diversos dialectos pero tenían una koiné, una superestructura lingüística común que era el vehículo de su literatura y será la lengua literaria árabe hasta hoy en día, aunque muy evolucionada a partir del mensaje coránico.

La poesía era la máxima expresión literaria de la época y hacía alusión a la caballerosidad, la hospitalidad y el honor, códigos de comportamiento muy valorados en la cultura beduina de Arabia, aunque estaban en total decadencia en el momento del advenimiento del Islam. El poeta revestía una importante condición social en la tribu, que consideraba sus poemas parte de su patrimonio, conservándolos por medio del rawiya, el recitador. Sus versos precedían o sellaban guerras. En este contexto dialéctico la revelación coránica con su estilo lingüístico y literario inimitable adquiere gran relevancia. Fueron muchos quienes consideraron que aquel lenguaje no podía provenir de la boca de un poeta, un filósofo o un mago; que era algo extraordinario.

Los árabes ante islámicos no usaban la escritura más que para plasmar la contabilidad comercial, los epitafios y otras cuestiones menores. Su escritura era primaria y poco evolucionada, cosa que cambiará de manera radical con la necesidad de plasmar por escrito el Texto Sagrado, y con el desarrollo del Estado islámico.

El Corán

Corán del s.IX

El vocablo Corán, Qur’an, de la raíz árabe Qara’a, «leer”, “recitar”, significa la “Lectura”, la “Recitación”. Es el Libro por excelencia de los musulmanes, como el resto de las Sagradas Escrituras lo es para judíos y cristianos. Fue revelado por Dios a Muhammad (s.a.w.s.) a través del arcángel Gabriel (Yibril) a partir del año  610 d.C. El Profeta (s.a.w.s.) siguió recibiendo mensajes de Dios a través de Gabriel durante toda su vida. «Este Libro es una revelación del Soberano de los Mundos. El Espíritu fiel lo ha traído del cielo y lo ha depositado en tu corazón a fin de que fueses mensajero» (26: 192-194).

A partir de las revelaciones, la interpretación del texto coránico ha determinado la cultura islámica, y en gran medida la árabe.

Para comprender las leyes de Dios los musulmanes darán un impulso inaudito a las ciencias y se convertirán en filólogos para descifrar los significados de la palabra divina. Deberán, por ejemplo, aprender Historia para comprender las aleyas que hacen referencia a sucesos anteriores a la época del Profeta (s.a.w.s.). “En la revelación que te hacemos descender con este Corán, vamos a contarte el más bello de los relatos, aunque antes hayas sido de los despreocupados” (12: 3)

A medida que Muhammad (s.a.w.s.) recibía las revelaciones, las recitaba en presencia de sus discípulos, algunos de los cuales se encargaban de transcribirlas. En su conjunto, las azoras fueron compiladas tras la muerte de Muhammad (s.a.w.s.) por Zayd-ibn-Thabit. Unos diecisiete años más tarde el tercer califa “bien guiado”, Otmán, encargó una nueva revisión y redacción del Texto Sagrado e hizo la transcripción definitiva hacia el 35 /656.

Su propósito era garantizar la inalterabilidad del Texto y su conservación para el futuro, lo cual implicó a numerosos compañeros del Profeta (s.a.w.s.), que habían vivido de primera mano las Revelaciones junto a él. Ya en el Corán, Dios expresa que se encargará Él mismo de conservarlo. Las primeras copias procederían de San’aa (Yemen) y datarían del primer siglo de la Hégira. Algunas de las copias más antiguas se conservan en Estambul (Turquía) y en Tashkent (Uzbekistán), como el llamado Corán de Samarcanda.

El Corán está escrito en árabe clásico, del que deriva el árabe literario que se emplea en la escritura y en la comunicación oral formal, y del que proceden numerosos dialectos. Mezcla la narrativa, la exhortación y la prescripción legal. Los musulmanes aseguran que destaca por su poesía y por su belleza, y que su perfección literaria es una evidencia de su origen divino. Es inimitable, y ninguna traducción es capaz de reflejar de manera fidedigna su verdadero significado.

Las demás escrituras sagradas

El “Logos”, el “Verbo”, ha tenido una especial relevancia y significado en el contexto de las tres religiones monoteístas, ya que simboliza la vía de transmisión del mensaje divino, susceptible de ser transcrito. «En el principio era el Verbo…”, narra el Evangelio según San Juan (1:1-3)

Las similitudes dogmáticas y escatológicas de las tres religiones del Libro: Judaísmo, Cristianismo e Islam, son grandes. Todas se rigen por una Escritura Sagrada,  descienden de la línea de Abraham (a.s.), y veneran a los Profetas anteriores a Jesús (a.s.) mencionados en la Biblia.

El Corán reconoce la Escrituras anteriores, pertenecientes a la llamada “Gente del Libro” (judíos y cristianos): La Tora  los Evangelios.

…Todos han creído en Allah, en sus ángeles, en Sus libros y en sus mensajeros: No aceptamos a unos mensajeros y negamos a otros (2: 285)

Sin embargo, los judíos no reconocen el Cristianismo ni el Islam, y los cristianos no reconocen el Islam.

La ciencia del hadiz

Hadices. Copia de Abu Inan Almarini

Con la expansión del Islam a lo largo de Oriente y Occidente, y el desarrollo del Estado Islámico, se hizo necesario codificar y reflejar por escrito las nuevas normas de comportamiento basadas en el Corán y en el ejemplo del Profeta (s.a.w.s.). Ello generó un intenso esfuerzo intelectual y el nacimiento de una ciencia de la trasmisión que garantizara su veracidad. Así nace la ciencia del Isnad, o comprobación de la verosimilitud del hadiz.

Hadiz viene del verbo hadaza, contar. Los hadices son relatos de hechos y dichos atribuidos al Profeta (s.a.w.s.). Surgieron para legitimar las acciones de Muhammad (s.a.w.s.), una vez desaparecido, y tipificar la conducta de los musulmanes (Sunna). Tras el Corán, los hadiz sahih (verdaderos) son la principal fuente de conocimiento y forman parte de la Sharía.

Para establecer la Sunna fue necesario recopilar los hadiz, remontándose a la vida del Profeta (s.a.w.s.) a través de una cadena de transmisión en la que no faltara eslabón alguno. Es lo que se conoce como ciencia del isnad (la genealogía).

Al-Bujari, el fundador de esta ciencia, entrevistó para su compilación a 1.080 personas y reconoció como auténticos unos 6.000 hadiz de entre 600.000. Su obra, el llamado Sahih al-Bujari, es una selección autentificada de estas tradiciones, y se considera la más fiable y prestigiosa en su género, aunque no la única. Se dice que Bujari la revisó tres veces y que antes de trabajar, realizaba sus abluciones y oraba con el fin de purificarse y actuar libre de errores.

Al-Bujari (s.III/IX), nació en la ciudad de Bujara (Uzbekistán), y fue enterrado junto a Samarcanda. Su padre fue un ilustre hombre de conocimiento que se formó junto al imam Malik ibn Anas, fundador de la escuela Malikí de jurisprudencia, seguida de forma mayoritaria en al-Andalus y el Magreb. Al-Bujari comenzó a formarse en las ciencias religiosas y a frecuentar a jeques de transmisión desde los once años, lo que avala la autoridad moral e intelectual de este sabio, que sigue siendo un referente para millones de musulmanes.

La palabra dada: pactos y tratados

Ashifa, de Qadi Ayyad

Ya en la Arabia ante islámica se valoraba altamente el respeto por la palabra dada y los juramentos. En esa misma línea de continuidad, que no habría de romper con los códigos de honor anteriores a la llegada del Islam que se consideraban positivos, el Corán condena la traición y obliga a respetar la palabra dada. De hecho, el propio Muhammad (s.a.w.s.) era conocido anteriormente a las Revelaciones como el Amín, el digno de confianza, lo que prestó credibilidad al mensaje que transmitió.

Son muchos los versículos que establecen la obligatoriedad    del cumplimiento de los pactos, las obligaciones contractuales y las promesas: «¡Creyentes! ¡Respetad vuestros compromisos!” “Compromisos” se dice en árabe al-uqud, cuyo significado literal es “nudos” o “ligaduras” (de forma similar a la “alianza”, en el sentido de “atadura”). A partir de su sentido original, la palabra se extendió en el Islam a todo tipo de convenio u obligación. De este modo, se trabaron convenios y pactos en el seno del matrimonio, el comercio, el usufructo, el alquiler o las simples promesas verbales.

Son numerosas las aleyas que hacen alusión a la importancia de no quebrar la palabra dada: “¡Cumplid con lo pactado! Por cierto que por lo pactado seréis juzgados” (17:34). Estos y otros versículos se refieren tanto a los pactos o acuerdos establecidos entre creyentes, como a los establecidos por el creyente con Dios, en el sentido del cumplimento de la Ley:

Cuando concluyáis una alianza con Allah, sed fieles a ella. No violéis los juramentos después de haberlos prestado solemnemente. Habéis puesto a Allah como garante contra vosotros. Allah sabe lo que hacéis (16:91)

Muchos de estos pactos se plasmaron por escrito. El Profeta (s.a.w.s.) tenía escribas que se encargaban de escribir, tanto las cartas que dirigía a los jefes tribales, como a los gobernantes persas y bizantinos. También se escribían sus dichos, así como las transacciones públicas, los acuerdos y los tributos. Entre estos escribas contaban  Zayd ibn Thabit, Ali ibn Abi Talib, Otmán ibn Affan y Mu’awiya ibn Abi Sufyan.

Pactos históricos

Entre los pactos más célebres consta el de Hudaibiya, establecido entre los musulmanes y la tribu mequí de los Quraich, para que los musulmanes pudieran realizar la peregrinación a la Meca tras exiliarse en Medina (la Hégira).

El historiador sueco Tor Andrae, en “Mahoma, su vida, su fe” (Londres, 1355/1936), dijo de él: “El autocontrol que demostró Mahoma en Hudaibiya, su habilidad para soportar alguna ocasional humillación en cuestiones no importantes, con el fin de obtener un objetivo excelso, muestra que fue una persona con una habilidad única”. De hecho, era la primera vez que La Meca reconocía a su pesar el estatuto islámico en Arabia y trataba a los musulmanes en condiciones de igualdad, tras años de feroz represión.

Otro ejemplo de la importancia acordada por los musulmanes a los tratados fue el estatuto de dimma que se aplicó durante siglos en el mundo musulmán, en especial en al-Andalus, a la llamada Gente del Libro (cristianos y judíos), para garantizar su libertad de culto y de costumbres y asegurar una convivencia pacífica.

A propósito de ello, el Sahih de Bujari contiene el siguiente hadiz:

Quien daña a un dimmi, me daña a mí, y quien me daña, daña a Allah.

El conocimiento en el Islam

Atasrif, de Abulcasis

El desarrollo de la civilización islámica se acompañó de una gran sed de conocimiento. Ello daría como resultado el gran auge de las ciencias y las artes que se observa durante la Edad Media desde Bagdad hasta Córdoba, pasando por El Cairo, Damasco, Qayrawan o Fez.

El Corán incita frecuentemente a la reflexión como medio de afianzar la fe y alcanzar el conocimiento. Insta al razonamiento y a la observación de los portentos naturales. Así, en sus numerosas descripciones naturalistas, siempre termina diciendo: “Estos son signos para gente que razona”.

En la creación de los cielos y de la tierra y en la sucesión de la noche y el día hay, ciertamente, signos para los dotados de intelecto (3:190)

La mente es la primera herramienta para acrecentar la fe. Algunas tradiciones y hadiz, registrados hasta la actualidad, avalan también esta idea: “Busca la Ciencia desde la cuna hasta la sepultura”; “La tinta de la pluma de los sabios es más valiosa que la sangre de los mártires”; “La búsqueda de la ciencia es una obligación para todo musulmán y musulmana”.

Los musulmanes de los primeros tiempos no tardaron en poner en práctica aquellas premisas, y se instruyeron en todas las ramas del saber, sin importarles la procedencia de tales conocimientos, ni dejarse cegar por los prejuicios culturales.

Se produjo de esta forma una eclosión cultural sin precedentes, que dejó en buena parte sentadas las bases para el Renacimiento europeo, y convirtió al-Andalus y las tierras del Magreb en una fuente de saberes, plasmados en millones de libros, muchos de los cuales se han conservado hasta nuestros días.