Toledo mira a la Meca

Autor del artículo: Inés Eléxpuru

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“Andaluces, arread vuestras monturas; el quedarse aquí es un error. Los vestidos suelen comenzar a deshilacharse por las puntas, y veo que el vestido de la Península se ha roto desde el principio por el centro”.

Los versos de al Assal reflejaban la desazón que producía el desmembramiento de al-Andalus desde Toledo, uno de sus principales centros. En 1085 Alfonso VI tomaba la ciudad privando a la España musulmana de uno de sus más sólidos focos culturales, aunque en lo político hubiese sido un polvorín, revolviéndose continuamente contra el poder omeya establecido en Córdoba.

Agua en una acequiaEra la época de los reinos de taifas, y Tulaytula (Toledo) brillaba bajo la dinastía bereber de los Banu Di-l-Nun, esparciéndose en almunias de recreo aderezadas con albercas y surtidores, veladas de música y poesía al arrullo del Tajo, y libaciones turbias al resplandor de la luna (nunca los andalusíes le hicieron ascos al vino).

Pero no todo era sensualidad y junto a los fastos de las sucesivas cortes, también convivieron sabios que, como Ibn Bassal o Ibn Wafid del siglo XI, revolucionaron la ciencia de la farmacopea y la medicina, creando uno de los mayores jardines botánicos de la época. “Un mithqal de agácolo, otro tanto de canela china e igual cantidad de nuez moscada. Se tritura todo, se añade un cuarto de ratl de confitura de rosa azucarada y un cuarto de dirham de algalía…” este remedio, por ejemplo, servía “para el vértigo y los estados psíquicos parecidos a la epilepsia y el terror”.

A Azarquiel le dio en cambio por construir clepsidras a orillas del Tajo, que eran unos ingenios hidráulicos que se llenaban y se vaciaban según la luna fuese creciente o menguante, midiendo el tiempo. Hoy, el río discurre opaco y cubierto de espumarajos abrazando la ciudad, aunque aún se aprecian los azudes que servían para desviar el agua hacia las huertas. Los restos de algunos molinos, el puente de Alcántara y el torreón de la Cava, testimonian también un pasado islámico que, más allá de la medina y los arrabales, se extendía río abajo.

Cruzándolo, desde los cerros en los que se asientan los cigarrales y el Parador de Turismo, se contempla la más bella panorámica de la ciudad amurallada. Una de las “más grandes y mejor fortificadas de Al-Andalus” como atestiguó Ibn Hawkal en el siglo X, y que todavía conserva de aquella época la puerta de Bisagra, la del Sol y la de Alcántara. Tan compacta como una piña pese a la asombrosa superposición de estilos arquitectónicos.

Conjunto urbano

Retazos de historia acumulada en un conjunto urbano de sello innegablemente musulmán, que el paso del tiempo ha conseguido dotar de una pátina que todo lo integra y lo armoniza bajo su manto. Arracimada en torno a las siete colinas legendarias, como Roma, Toledo tiene el color de la tierra calcárea que la arropa, y muestra un semblante intemporal y austero, envuelto a veces en bruma, otras, en esa luz castellana que de tan limpia y tan nítida, corta.

En tiempos de Al-Andalus las mezquitas menudeaban, y en torno a la Mayor –hoy asfixiada por la catedral, como en su día ella misma sepultó una iglesia visigoda– se distribuían pequeños templos de barrio insertados en la vida cotidiana.

Eran auténticos dijes arquitectónicos condensados bajo sus cúpulas y nichos de oración, repletos de arcos trilobulados entrelazados con arcos de herradura de estilo califal. La mezquita del Cristo de la Luz, o de Bab Mardum, y la de las Tornerías, han sobrevivido a la cristianización posterior y a “la mano demoledora y prosaica” de esa civilización que tanto odiara Becquer.

“En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Hizo levantar esta mezquita Ahmad b. Hadidi de su dinero (…), concluyéndose en Muharram del año trescientos noventa”. Es decir, entre diciembre del 999 y enero del año 1000; hace exactamente un milenio. Así reza la inscripción fundacional que preside una de las fachadas de la mezquita de Bab Mardum, en el barrio de San Nicolás, y eternamente cerrada al público por el celo del párroco local, de quien depende. Una maravilla califal levantada a modo de la de Córdoba, pero en miniatura.

Hoy sus nueve bóvedas todas distintas, y sus celosías caladas de ladrillo en el exterior, están siendo restaurados por iniciativa de la comunidad de Castilla-La Mancha y del arzobispado, a quien pertenece el templo. Una excelente noticia que se está materializando gracias al trabajo del arquitecto Francisco Jurado y el arqueólogo Germán Prieto. La de Tornerías, del siglo XI, y abierta al culto incluso en tiempos de Alfonso VI, fue objeto de una cuidada restauración hace unos años, y acoge ahora un centro de promoción de la artesanía.

Tulaytula

Y quien desee indagar algo más sobre el pasado religioso musulmán de Tulaytula, tendrá que acercarse hasta la iglesia de San Lorenzo y la de San Sebastián, antiguas mezquitas que, como casi todas las de esta ciudad, fueron estudiadas por Clara Delgado, historiadora del arte que falleció en 1998 y a la que tanto debe la ciudad.

Patio toledano de época taifaComo una telaraña urdida en torno al alcázar del rey taifa al-Mamun –hoy cubierto por las formas imperialistas del actual, levantado en tiempos de Carlos V–, se extendía una trama prieta de adarves, calles laberínticas y palacetes que ocultaban al mundo su opulencia. Como aquel de la calle de La Soledad, datado en el siglo XI y recuperado recientemente a través de una iniciativa privada que pretende hacerlo público como lugar de ocio (habrá que esperar su próxima apertura para visitarlo). El único palacio de época taifa conservado en España.

Cuando se adquirió en 1995, se trataba de una casa vecinal de dos plantas medio en ruinas. Tras la obra quedó al descubierto la estructura original en torno a un patio, en la que destaca la carpintería, con profusión ornamental en las vigas vistas, los canes del alero y una cubierta de par y nudillo llena de inscripciones árabes. El edificio, que destila magia y decadencia milenaria, está levantado sobre un palacio mozárabe y éste, a su vez, sobre anteriores construcciones visigodas y romanas. Pura emoción arqueológica.

Algo por el estilo produce la contemplación del palacio de Galiana, o Huerta del Rey, en las afueras y junto al río. Era la almunia o finca de recreo del rey taifa Al-Mamun y se distribuía alrededor de una alberca y unos jardines fragantes. Fue célebre entre los cronistas de la época, en especial por su maylis al naura (salón de la noria), así llamado por una noria de corriente que gemía como “una camella que sigue las huellas de una cría”, según descripción de Al-Maqqari. Tenía un pabellón de bronce cubierto por una cúpula de cristal por la que descendía una cortina de agua que acababa estallando en un sistema de espejos alumbrados por cirios, de modo que “la sala brillaba como el sol en Aries”.

Romerías

Hasta aquí acudían con ocasión de las romerías los cristianos venidos del Norte, atraídos por el refinamiento y la relajación de costumbres reinantes, que chocaban contra sus modales montaraces. En la actualidad el palacio es propiedad privada, aunque se puede visitar los lunes. Prácticamente destruido el original, fue reconstruido a mediados de siglo por Rafael Manzano y Fernando Chueca Goitia en una recreación que, pese a tener ciertos visos de romanticismo e idealización, le aportó al conjunto una elegancia de ladrillo visto rodeada de graves cipreses y galerías abiertas al horizonte manchego.

“La ciudad de Toledo es muy importante, muy grande (…). Su territorio es fértil para la agricultura, produce cosechas de gran rendimiento e inmejorable grano, su aire es excelente.”

Así se expresaba el cronista del siglo X Al Razi. Fue una de las primeras ciudades en ser conquistadas por los árabes en el siglo VIII, y aunque perdió la condición de capitalidad que tuvo durante el reino visigodo, siguió siendo considerada como la Ciudad de los Reyes. Conoció su momento de mayor auge económico y cultural durante los siglos X y XI bajo el reinado de Abderrahman III y en época de taifas.

PPalacio de al-Almunia

Pero Toledo, que se bastaba a sí misma, también vivió en un continuo debatirse contra la autoridad cordobesa. Su espíritu rebelde le costó ser protagonista de una de las mayores tragedias de la historia de Al-Andalus: la llamada jornada del foso, de la que procede la expresión popular “pasar una noche toledana”. En ella Amrus, un converso de Huesca enviado por el emir omeya Al-Hakam I, cavó un foso en pleno alcázar en el que iban cayendo uno a uno decapitados, los cerca de cinco mil insubordinados toledanos invitados a aquella inolvidable velada a la luz de los candiles.

Pero no todo fue violencia. El mestizaje entre moros, judíos y cristianos, aunque politizado en la actualidad y algo utópico, tuvo bastante de cierto y perduró tras la conquista cristiana hasta que venció la intolerancia.

Alfonso VI se casó (o se arrejuntó) con la mora Zaida –viuda de Fath y nuera del rey sevillano al-Mutamid–, y engendraron a Sancho, su sucesor. Siguió acuñando moneda al modo islámico: los maravedíes; sólo que en vez de suras coránicas reproducían alabanzas cristianas con caracteres árabes.

Iglesias y sinagogas como las del Tránsito y Santa María La Blanca fueron levantadas por alarifes mudéjares, o musulmanes que vivían bajo autoridad cristiana.

Hoy poco queda de aquel pasado palpitante, y el bellísimo casco histórico se cae bajo el peso del abandono. De los 60.000 habitantes que llegó a tener en el siglo XVI, y los 40.000 que tenía hace tan sólo 20 años, hoy sólo quedan 9.000. Un futuro incierto espera, si no se toman las medidas adecuadas para llenarlo otra vez de vida y resucitar aquel espíritu contestatario y liberal, que la modernidad se ha tragado a dentelladas.

Inés Eléxpuru

Publicado en El Viajero (EL PAÍS), el 16 de enero de 2000