La última de las ciudades sagradas

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Entonces, es Asbah…

Aquello es un perro; y eso, cuatro puertas y cien torres.

¿Cómo acudiste a nosotros? Felices, escondidos detrás de las colinas. Una mujer desflorada excavó su pozo. Un fuego se enciende al principio de la noche… jóvenes inmortales… Una flauta por un dolor oculto detrás de las comarcas. Un recelo: descienden unos extraños de un collado para preguntar a un anciano acerca del que trae el año. Se vuelve hacia las manos de un agricultor a quien interrogan sobre una casa detrás de sus ojos. Señala con sus manos a un erudito que había emigrado en tiempo de lluvia. Un recelo… y varios países. En la nube norteña hay leña del sur. Dice quien estaba en el ejército del faraón: ha sido olvidada una palabra. Sale otro de un montón de madera para pronunciarla. No articulaban. Era un tiempo que daba licencia a la locura de las colinas, y quien no conocía la palabra la balbuceó sobre una roca. Otro despertó con ella a un vagabundo.

Atabales y ataúdes se precipitan hacia unos puertos pétreos. Construyen los enviados unas casas sobre un río, cuyos dedos se aferran a lo alto del mar. El polvo borra las huellas de los emigrantes. Las mujeres desplegarán su peste en la encrucijada de dos caminos. Se ve a un hombre que reúne guijarros habitualmente al comienzo de la mañana. Se refugia a la sombra de un templo. Llámalo cuando los atabales enumeren los azotes de una espalda: mil y una columnas…

Varios ríos, cuatro mares y un collado…

Marineros, pescadores y monjes norteños…

Festejan las palabras su enigma; festejan los puertos el grito de unos hechiceros, un  verano inerme y arañas. Festeja la palabra la salida de las colinas: los amuletos de los  locos, historias de ahogados, poetas, un país…

Kamal Sebti (1993) (fragmento), poeta iraquí nacido en 1958 en la ciudad de Nasiriyya.

Traducido por Milagros Nuin