La isla de Ormuz, enclave geopolítico o baluarte de la multiculturalidad

Autor del artículo: Antoni Sastre Bel - FUNCI

Fecha de publicación del artículo: 16/01/2020

Año de la publicación: 2020

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Si hoy en día pensamos en la Isla de Ormuz (República Islámica de Irán), y la presencia que tiene en los medios de comunicación, a uno se le viene a la cabeza las implicaciones geopolíticas que supone. En la actualidad, aproximadamente un 30% del petróleo que se consume mundialmente, pasa por el estrecho al que la isla da nombre. El paso del bien llamado “oro negro”, ha sido instrumentalizado varias veces por los países de la zona, con el objetivo de avanzar en sus agendas regionales, y ha hecho que el sonido de los tambores de guerra no parezca un suplicio tan lejano. De esta manera, Ormuz y sus alrededores pueden ser entendidos como un gran punto de fricción, que significaría el primer escenario de conflicto entre las potencias enemistadas del Golfo, Irán y Arabia Saudí.

La rivalidad entre los estados que se acaban de mencionar se deriva de múltiples factores históricos y contemporáneos. Sin embargo, el discurso generalizado en los medios, tiende a atribuir dicha hostilidad a las respectivas naturalezas étnicas y religiosas de ambos países. Irán es entendido como el máximo representante del islam chií y el pueblo persa, mientras Arabia Saudí es considerada la gran defensora del islam suní y la etnia árabe. De esta manera, y acorde con el discurso popular, cuando ambas potencias se ven involucradas en cualquier conflicto (Siria, Yemen, Iraq, etc.), se tiende a apuntar al sectarismo como principal razón de posicionamiento de dichos actores. Consecuentemente, dentro de esta lógica, se percibe ambos estados como unidades homogéneas, donde la disidencia de credo o la variedad étnica no existen. Por ello, este artículo pretende reflejar cómo en el accidente geográfico donde esta supuesta conflictividad se materializa, la convivencia étnico religiosa es evidente.

Estrecho de Ormuz. Foto: Eutrophication&hypoxia

Ormuz es una isla de 42km2 localizada en el extremo este del Golfo Pérsico, y en medio del estrecho al cual da nombre. Aparte de su estratégica localización, hay dos particularidades que la diferencian de una isla cualquiera. La primera, es su formación geológica, cuya rareza ha dado pie a la modelación de un paisaje semejantemente marciano, donde más de 72 colores diferentes son apreciables. Hoy en día, las majestuosas montañas arcillosas rojas, verdes o amarillas, cubiertas de aparente nieve, aunque de verdadera sal, y serpenteadas por ríos de azufre, se convierten en la principal atracción turística de la zona. Respecto a la segunda, a uno le bastan apenas unos minutos de paseo por la única ciudad de la isla, para vislumbrar cómo mezquitas sunís se alzan próximas a otras chiís, al tiempo que algunas noches específicas se puede ser testigo de ritos de origen africano que contrastan con los principios islámicos. De igual manera, la población mayoritaria no es persa, sino árabe, y con parentesco africano e indio, que se refleja en su propio color de piel, contrastando así con el resto de Irán. Consecuentemente, el hecho de tener una procedencia múltiple, ha derivado en que el idioma hablado, el “Khaleeji”, es considerado como un dialecto persa, aunque con herencias del somalí, árabe o baluchi. Así pues, es la amalgama étnico-religiosa, la que dota a este estrambótico espacio, de una población híbrida y singular, que pone en duda el sectarismo que se atribuye a la región. Sin embargo, si queremos entender las razones de esta compleja diversidad, tenemos que recurrir al esplendoroso, pero poco conocido, pasado de la isla.

A uno le bastan apenas unos minutos de paseo por la única ciudad de la isla, para vislumbrar cómo mezquitas sunís se alzan próximas a otras chiís, al tiempo que algunas noches específicas se puede ser testigo de ritos de origen africano que contrastan con los principios islámicos.

Originalmente, tanto las islas como el sur de lo que hoy en día es Irán, fueron territorios ocupados por tribus árabes llamadas Hawala, provenientes de Omán, que levantaron pequeñas ciudades costeras destinadas principalmente al comercio. Sin embargo, en los primeros años del siglo XI, se estableció el Reino de Ormuz, cuya capital llevaba el mismo nombre y se encontraba a apenas unos kilómetros de la actual Minab. Durante ese tiempo la ciudad costera de Ormuz prosperó, hasta ser considerada uno de los principales centros comerciales del Golfo. Además, debido a las incursiones mongolas de mediados del siglo XIII, y la consecuente pérdida de poder de los diferentes reinos persas, los dirigentes de Ormuz expandieron su territorio, llegando a controlar la costa omaní, las islas orientales del Golfo y Bahrain, lo que les permitió consolidar su status de potencia naval regional. Uno de los testimonios más importantes de ese tiempo fue el de Marco Polo, quien pasó dos veces (1272, 1293) por la ciudad de Ormuz, y plasmó su prosperidad económica en sus insignes memorias escritas por Rustichello da Pisa. Finalmente, en los últimos años del siglo XIII, y ante el incesante avance de las tropas mongolas, el Rei Baha al-Din Ayaz decidió trasladar la capital del Reino a la cercana isla de Jerún, la cual terminaría heredando el nombre de la ciudad exiliada. Cabe destacar, cómo durante esos dos siglos en que la Antigua Ormuz se mantuvo en pie, el vaivén de mercaderes era una realidad cotidiana, que implicaba la mezcla de persas, árabes e indios. La prevalencia del comercio frente a la conflictividad étnico-religiosa sería el precedente que marcaría la futura y singular reputación del Reino.

Un punto clave comercial

El establecimiento de Ormuz en la isla de Jerún fue el punto de inflexión que cambió por completo el equilibrio comercial del Golfo Pérsico, y por consiguiente las rutas de mercancías que conectaban Oriente Medio con el Sureste Asiático. La posición estratégica de la isla, junto con el control de ambas orillas del estrecho, convirtió al Reino de Ormuz en el nuevo gendarme mercantil de la zona, y aumentó exponencialmente sus riquezas. Dicho status, junto con la seguridad que la administración proveía a los mercaderes, permitió que bienes provenientes de todo el globo pasaran por la isla, hasta llegar a ser considerada por el famoso mercader ruso Afanasy Nikitin como “el vasto emporio del mundo entero”. Tal y como describió el explorador marroquí Ibn Battuta, la principal ruta que controlaba el Reino discurría entre Oriente Medio y el Sureste Asiático, y utilizaba Ormuz y Basora como puntos de conexión entre Bagdad e India, donde cirbulaban todo tipo de bienes como especias, metales, alimentos, narcóticos o perfumes. No obstante, existían otros destinos como Zanzíbar, Abisinia o Maldivas, desde donde se exportaba madera y esclavos, o China, cuya ruta concibió el renombrado marinero y mercader Zeng He, en nombre de la dinastía Ming, con la intención de comercializar opulentos productos como la seda, perlas o animales exóticos. Teniendo en cuenta la fructífera actividad económica, la población de Ormuz creció rápidamente, y acorde con el historiador francés Jean Aubin, llegó a tener unos 50.000 habitantes a principios del siglo XVI, siendo así un número muy superior al actual.

Montaña de sal cristalizada. Foto: Josep Maria Folch Olivella

Un ejemplo de tolerancia étnica y religiosa

Sin embargo, estos hechos no hubieran sido posibles sin los estándares de tolerancia tanto religiosa como étnica, que permitieron la entrada, incluso el asentamiento, de individuos provenientes de todo el globo. A pesar de ser gobernada por musulmanes sunís, la administración de la isla permitió el libre albedrío respecto a asuntos culturales propios, y acorde con el historiador Mohammed Vosoughi, los mismos príncipes incluso llegaron a asistir y participar en ceremonias sagradas de otras confesiones. De esta manera, durante los siglos XIV, XV y XVI, la isla fue famosa por su hospitalidad, adaptabilidad y capacidad integradora, las cuales alcanzaron tal magnitud, que fueron alabadas por múltiples viajeros y pensadores contemporáneos y posteriores, occidentales, como los franceses Tomé Pires y Guillaume Thomas Raynal, o el español don Garcia de Silva y Figueroa. En palabras del Padre Jesuita Gaspar Barzeus:

“En Ormuz, dios era celebrado cuatro veces por semana. Los lunes por los hindús, los viernes por los musulmanes, los sábados por los judíos y los domingos por los cristianos”.

Acantilados de Ormuz. Foto: Josep Maria Folch Olivella

Así pues, cuando se piensa en las razones detrás del éxito comercial de Ormuz, se debe considerar su posición como punto determinante. Sin embargo, el hecho de que semejante miríada de culturas confluyeran en la isla, no hubiera sido posible sin una administración local dispuesta a abrazar todo tipo de gentes, sin importar su procedencia o confesión.

Finalmente, tras dos siglos de crecimiento imparable, en 1507 los portugueses tomaron la isla con el objetivo de consolidar el Estado do India, y controlar el comercio de especias. Aunque Ormuz no estuviera en el mencionado territorio, su posición estratégica la convertía en una pieza fundamental para cualquier imperio ultramarino que quisiera controlar el entramado mercantil global. Aunque los portugueses no se involucraron en la administración del comercio y la gobernabilidad de la isla, la demanda de altas cuotas y la militarización llevada a cabo para hacer frente a imperios enemigos, acabaron socavando las bases de la seguridad económica que tenía el Reino, diezmando así su crecimiento y condenándolo a la decadencia. Sin embargo, durante este periodo, cabe destacar la implantación, permitida por las autoridades locales, de diferentes misiones cristianas. La primera, de los Agustinos, fue construida en la segunda mitad del siglo XVI, y la segunda, de los Carmelitas, a principios del s.XVII. Junto a estas, y en el mismo espacio temporal, la isla también acogió unas 800 familias hindús, y a numerosos judíos sefardíes expulsados de la Península Ibérica en 1492. De este modo quedó reforzado el carácter multicultural de la isla, que ganó una reputación prácticamente inigualable por los territorios del momento. Sin embargo, siguiendo la misma ley que la gravedad, todo lo que triunfa tiene su fin, y ese le llegó a Ormuz en 1622, cuando el imperio persa, con ayuda inglesa, ocupó la isla, y el Shah Abbas trasladó el puerto comercial a la vecina Bandar Abbas.

Paralelismos con el presente

Cuando explicábamos el pasado de la isla, nuestro objetivo primordial era hacer entendible la diversidad que hoy reina en Ormuz. Sin embargo, si comparamos los esplendorosos tiempos pasados con la temeraria actualidad, uno puede encontrar ciertos paralelismos que evidencian una posible realidad. Aunque la variedad étnico-religiosa pasada era mayor que en el día de hoy, la estabilidad y la convivencia se han seguido manteniendo sin verse fuertemente alteradas. Puede ser que las mencionadas, sean basadas en el principio liberal económico enunciado por el pensador francés Frédéric Bastiat: “Si los bienes cruzan las fronteras, lo soldados no lo harán”. Aunque se debe tener en cuenta, cómo incluso después de la decadencia en 1622, la cordialidad se mantuvo. Entonces, puede que en las relaciones del día a día, poco importe que el vecino crea en la existencia de 4 o 12 imanes, o que llame al todopoderoso “Allah” o “Khoda”, sino que lo primordial para la existencia de uno mismo sea vivir, en paz y estabilidad. Esto demuestra que la convivencia en un mismo espacio, de personas pertenecientes a distintas religiones o grupos sectarios, no tiene por qué impedir el entendimiento.

Mapa de la Isla de Ormuz, dibujado por el pintor holandés, Jakob van der Schley

A modo de conclusión, podemos observar pues, que las principales perturbaciones que han agitado la isla han sido fruto de factores exógenos. La decadencia del reino fue augurada en 1507, cuando los portugueses llegaron buscando el control de las redes comerciales del momento, y sentenciada en 1622, cuando los ingleses tendieron la mano al imperio Safávida, con la intención de consolidar su hegemonía marítima. En pleno 2019, los poco más de 7000 habitantes de Ormuz, alegan que la presencia de navíos de guerra estadounidenses está diezmando sus principales actividades económicas, que consisten en la pesca y el comercio de mercancías entre ambos lados del estrecho. De esta manera, considerando que la diversidad étnico-religiosa no ha supuesto un motivo de confrontación entre los propios habitantes, uno puede entrever cómo la estabilidad y convivencia local no son sino esclavas de las macro estrategias hegemónicas que los poderes regionales e internacionales plantean. Por lo tanto, si retomamos el principio de este artículo, cuando pensamos en Ormuz deberíamos tener en mente, no solo los buques saboteados o los drones derribados, sino la tolerancia que ya hace cinco siglos fue alabada por nuestros antepasados. Será entonces cuando las palabras que en su día Alfonso de Alburquerque escribió al rey Joao III, cobrarán sentido:

“Si el mundo es un anillo, Ormuz es la perla sobre él”

Referencias

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