El “otro” y “nosotros”: la comunidad morisca en el s. XVI

Autor del artículo: Felipe Vidales

Fecha de publicación del artículo: 01/02/2021

Año de la publicación: 2021

Reproducimos este interesante artículo del historiador Felipe Vidales, colaborador de la Fundación de Cultura Islámica, sobre el proceso de exclusión y «alterización» de la población morisca en España a lo largo del s. XVI. La lectura explica el proceso de discriminación sufrida por esta comunidad, lo que la condujo, primero a la esclavitud y, a continuación, a su expulsión definitiva en el año 1609.

Entre noviembre de 1570 y enero de 1571 llegaban a Castilla decenas de miles de moriscos y moriscas del Reino de Granada, desterrados después de perder una guerra desigual, hace ahora exactamente 450 años.

Es fundamental responder antes a una pregunta para entender qué supuso aquella dispersión: ¿Qué era un morisco? Estrictamente hablando, alguien descendiente de musulmanes que eligió bautizarse como cristiano/a ya fuese por obligación, conveniencia o creencia sincera; en ese sentido, hubo cientos de miles. Pero si consideramos moriscos a quienes mantuvieron intacta la fe y la cultura islámica, rehusando la asimilación e integración en la mayoría cristiana, apenas hubo. En cambio, fue atendiendo a esta segunda posibilidad cómo la propaganda oficial de la mayoría de “cristianos viejos” trató esa minoría de “cristianos nuevos de moros”, los moriscos. Basándose en la sospecha y en el odio, y solo en ese contexto, se entiende este proceso de destierro y esclavización masiva.

Hacia 1560 la comunidad morisca suponía la mitad de la población del reino de Granada, una tercera parte de Valencia y alrededor de una quinta en Castilla y Aragón. En Aragón y Castilla formaban un proletariado rural de jornaleros sin tierras y de artesanos, en una situación mucho más débil frente a terratenientes y comerciantes, que los explotaban fácilmente. En cambio, la comunidad granadina era propietaria de sus tierras, labradores independientes que explotaban la Alpujarra y la Axarquía tras haberla preparado para la agricultura y el pastoreo. Eran los últimos andalusíes, por lo que mantenían el árabe, la cultura y la experiencia religiosa mucho más arraigada que las demás comunidades moriscas de Castilla y Aragón.

Desde 1492 las autoridades se empeñaron en una cristianización de estos moriscos granadinos. Se prohibieron sus señas de identidad, su lengua, su ropa, sus bailes y se quemaron sus libros para eliminar su memoria colectiva. Existieron argumentos verdaderamente cercanos a los que hoy se escuchan en relación a otras minorías (no se quieren integrar, no se adaptan a nuestras costumbres, etcétera), pero también hubo voces, minoritarias, que evitaron los eufemismos. El marqués de Mondéjar, por ejemplo, gobernador de la Alhambra, señalaba a la codicia de los colonos cristianos castellanos como el principal problema.

Las tropas de don Juan de Austria aniquilaron al famélico ejército morisco en poco más de dos años, en lo que James Amelang ha definido como “el conflicto más devastador que tuvo lugar en suelo español entre la Edad Media y la invasión napoleónica de 1808”.

La comunidad morisca pagaba unos impuestos abusivos para mantener sus costumbres y no ser hostigada por la inquisición, pero no podía evitar la codicia que había desplazado a miles de cristianos viejos castellanos llegados en 1492, atraídos por exenciones y ventajas fiscales si se asentaban y mantenían la economía del recién conquistado reino nazarí. El potente aparato del Estado siempre los protegió e hizo la vista gorda con sus excesos, validando la confiscación de tierras a moriscos a quienes se exigía mostrar la documentación que justificase su propiedad, cuando eran tierras que históricamente habían sido comunales y esos documentos nunca habían existido. Tierras que comenzaron a ser acaparadas por especuladores llegados de las principales ciudades castellanas, atraídos por negocios como el de la seda que habían sido la clave de la economía morisca, pero que primero fueron asfixiados con leyes que prohibían las exportaciones, después con subidas de impuestos y finalmente con lo que hoy llamaríamos privatizaciones. La asfixia económica, pero también cultural, llevó a los moriscos a una situación desesperada que se materializó en la Nochebuena del año 1568, cuando se alzaron en armas.

La lucha fue desigual. Las tropas de don Juan de Austria aniquilaron al famélico ejército morisco en poco más de dos años, en lo que James Amelang ha definido como “el conflicto más devastador que tuvo lugar en suelo español entre la Edad Media y la invasión napoleónica de 1808”. En febrero de 1571 Felipe II dejaba establecido cómo debían proceder los recién llegados a Granada a la hora de asentarse en las nuevas tierras y casas, cómo debían repoblarlas y trabajarlas y cuáles eran las condiciones del reparto de los bienes de la comunidad morisca que habían pasado a manos de la corona. Toda la comunidad morisca, sin distinción, fue considerada culpable y pagó por ello. Antes de terminar la guerra se había confiscado la tierra a más de 80.000 personas que fueron desterradas por Castilla. Comenzaron a llegar en noviembre y diciembre de 1570, tras recorrer cientos de kilómetros atados y caminando, sin descanso ni mucho sustento. Muchos murieron por el camino. A Toledo, por ejemplo, llegaron casi 2.000 en esos meses, la mayoría mujeres procedentes de la Alpujarra y de la Axarquía. Muchas más siguieron llegando en un flujo constante hasta 1576.

Se buscó el desarraigo, la reafirmación de su condición marginal y la desprotección legal en muchos aspectos. Se les prohibía el uso del árabe, llevar armas, volver a Granada e incluso salir sin permiso de las ciudades en las que fueron reasentados porque “no se podría tener de ellos la cuenta que conviene”. Se les obligaba a facilitar información familiar de todos, de “los que faltaren, o los que hubiere o nacieren de nuevo”, constituyéndose así en una minoría marginal hereditaria, pues quien nacía en el seno de la comunidad continuaría siendo tenido y tratado como morisco.

Ellas se convirtieron en el botín más codiciado de mercaderes de esclavos, que abusaron de ellas.

Salvando el debate de si se puede o no hablar de racismo en el siglo XVI, cuando no se había aún acuñado el concepto “raza” tal cual hoy lo manejamos, no hay forma más cercana de definir una creencia que defendía que la sangre del morisco (y del judeoconverso) no quedaba pura ni limpia por la gracia del bautismo, como sí ocurría con la del resto de cristianos naturales, los llamados “cristianos viejos”. Una culpa hereditaria, pues la heredarían sus descendientes, y con ella la sospecha, la segregación y la imposibilidad de acceder a espacios y cotas de poder y de mercado reservadas solo para la mayoría de cristianos viejos.

Explotación y esclavitud

España fue un país esclavista. Sus ciudades contaron con una población esclava de diversa procedencia durante siglos y fue la cuarta potencia que más se benefició con la trata y explotación de esclavos. Alrededor de 2 millones de personas fueron vendidas en sus puertos entre los siglos XVI y XVIII. No pocos pueblos, palacios y avenidas siguen llevando el nombre y honrando la memoria de esclavistas que hicieron fortuna con la trata de personas. De las haciendas del Nuevo Mundo a las minas de Almadén, el trabajo esclavo en aquella España es un capítulo que sigue estando mal resuelto en nuestros libros de historia pero que poco a poco va abriéndose camino gracias a publicaciones tanto españolas como no españolas.

Fueron años en los que la esclavitud era legal y estaba más que asumida, y representaba el 10% de la población de Lisboa y el 7,5% de la sevillana, yendo en aumento en las siguientes décadas como consecuencia del proceso de esclavización masivo de los moriscos. Tan asumida estaba que no se conocen escritos de juristas o teólogos pidiendo su abolición, y sí su mantenimiento desde los orígenes legales del derecho castellano (Las Siete Partidas) que admitía que de la guerra justa se podían hacer esclavos. Y la guerra de la Alpujarra fue jurídicamente justa, pues se consideraba a toda la comunidad morisca sospechosa de apostasía y de rebelión contra su rey, aunque todos fuesen nacidos y descendientes de nacidos en Fiñana, Guadix o Ronda. Si aceptamos que por entonces existía España, tendremos que aceptar que una mayoría de españoles esclavizó a una minoría de españoles hace ahora 450 años.

Las moriscas supusieron el 71% del comercio de esclavos tras el levantamiento.

Las menores de 9 años y medio fueron entregadas “a personas a quien sirviesen hasta tener edad de veinte años, para que pudiesen ser instruidas y enseñadas y cristianamente criadas”, al igual que los niños de menos de 10 años y medio. No dejaba de ser una forma de explotación enmascarada bajo una apariencia de cuidado, pero evitaba jurídicamente que se hiciese lo que vivieron quienes superaban esa edad: la esclavitud legítima. Ellas se convirtieron en el botín más codiciado de mercaderes de esclavos, que abusaron de ellas, infringieron la ley y se enriquecieron sin pudor hasta el punto de que el rey tuvo que volver a recordar quiénes y cómo podían (y merecían) ser esclavizados, recriminando a muchos que “con malicia o ignorancia, a cuya mano y poder habían venido los moriscos varones menores de diez años y medio, y las mujeres de nueve y medio, los habían vendido y dispuesto de ellos como esclavos, y aún algunos habían señalado y herrado el rostro”. Herradas o marcadas con hierros en la cara o el cuello habitualmente, señalándolas para toda la vida y visibilizando pública y perpetuamente su condición social y procedencia, una práctica habitual en quienes intentaban huir de sus amos.

Las moriscas supusieron el 71% del comercio de esclavos tras el levantamiento. Las crónicas de la guerra escritas por Hurtado de Mendoza o Mármol de Carvajal son prolijas en referencias de soldados que tomaban sin control como botín de guerra a mujeres y niñas para vender como esclavas. Ellas, además, fueron muchas veces sospechosas por su doble condición de morisca y mujer, por lo que la inquisición vigiló sus prácticas médicas y mágicas y muchas fueron también acusadas de practicar la hechicería.

Su llegada a Castilla saturó el mercado esclavista, no acostumbrado a recibir un número tan repentino y numeroso de gente esclavizada. A los clásicos poseedores de esclavos se sumaron altos y medios prelados del clero, oficiales, artesanos y gente de clase media, que aprovechó el abaratamiento de esta mano de obra para comprar personas a las que explotar en sus negocios. Tener esclavos siempre había sido un signo de distinción para las elites, pero en 1570 se convirtieron en un bien más común de lo habitual en la sociedad castellana. No debería sorprender la participación de la Iglesia en el negocio y tenencia de esclavos en Europa y América, y en ciudades como Toledo, algunos canónigos, diáconos y miembros del Cabildo Catedralicio llegaron a tener nutridos séquitos de esclavas moriscas.

Las principales ciudades castellanas se beneficiaron de este proceso de esclavización a gran escala, pues contaron con mano de obra joven, fácilmente educable para oficios diversos, pero sobre todo mano de obra barata e incluso gratis.

La decisión de la dispersión por Castilla buscaba evitar con castigos severos (desde la muerte y la esclavitud a las galeras perpetuas) que volviesen a asentarse en Granada, en unas tierras que habían pasado a manos de colonos castellanos. Pero sobre todo pretendía fijarlos en condiciones de servidumbre en su nueva tierra, Castilla. Serían castigados si lo incumplían e incluso perderían el control sobre sus hijas e hijos, que serían dados a “buenas personas eclesiásticas o seglares, para que los críen y enseñen, y se sirvan de ellos”, eufemística manera de validar una forma de servidumbre o esclavitud encubierta.

No son pocos los casos que conocemos de procesos judiciales que sacaron a la luz este tipo de abusos en provincias como Toledo, con autoridades locales apropiándose de menores de edad para sus casas y las de sus allegados y tratándolos como si fueran esclavos con la excusa de darles cobijo y enseñarles “doctrina cristiana”. Algunas niñas llegaron a ser esclavizadas con 6 años de edad. Las principales ciudades castellanas se beneficiaron de este proceso de esclavización a gran escala, pues contaron con mano de obra joven, fácilmente educable para oficios diversos, pero sobre todo mano de obra barata e incluso gratis. Así se pretendió reactivar la economía de industrias como la textil, que comenzaba a decaer entonces, consiguiéndose un crecimiento económico que se extendió durante toda la década de 1570 en ciudades como Toledo y zonas rurales cercanas, donde las condiciones fueron aún peores.

¿“Inasimilables”? El camino a la expulsión de 1609

El abuso de las fuentes inquisitoriales por parte de los historiadores, así como de la numerosa propaganda antimorisca escrita en el siglo XVI, ha llevado muchas veces a concluir que la expulsión que finalmente se produjo a partir de 1609 estaba justificada por una razón fundamental: la comunidad morisca era inasimilable y suponía un peligro. Muchos estudios recientes demuestran lo contrario, argumentando cómo muchos historiadores se han dejado intoxicar por la verdad oficial, no sabiendo leer en esa verdad oficial las principales causas: que nunca se defendía que fuesen inasimilables a la hora de expulsarlos, sino que fuesen apóstatas. Que habiéndose bautizado, sus conversiones eran interesadas y no sinceras, y que volvían a sus antiguas costumbres. Pero esas costumbres estaban ya muy lejos de ser islámicas, prueba innegable de lo integrados y diluidos que se encontraban en la mayoría de cristianos viejos.

No hay evidencia alguna de fricción entre cristianos viejos y nuevos ni de la documentación se puede extraer que formasen parte de comunidades separadas, mucho menos aún enfrentadas.

En el Archivo Municipal de Toledo, por ejemplo, se encuentran numerosas causas criminales en las que hay moriscos implicados. Ninguna tiene que ver con motivos de fe, sino de clase social. Cristianos nuevos y viejos aparecen juzgados por los mismos motivos, derivados de la vulneración de las ordenanzas que afectaban al campesinado al que pertenecían: construir donde no se debía, talar madera, cortar chaparros en tierras que no eran comunales o vivir amancebados y amancebadas, la práctica sexual y sentimental más común y perseguida en esos siglos, sin frontera religiosa que permita atribuir este delito en mayor grado a unos u otros.

No hay evidencia alguna de fricción entre cristianos viejos y nuevos ni de la documentación se puede extraer que formasen parte de comunidades separadas, mucho menos aún enfrentadas. No hay evidencia que confirme la propaganda oficial que los definía como un bloque separado, monolítico, inasimilable e imposible de integrar, que merecía ser —y finalmente sería— expulsado. Es más, de la documentación se desprende que eran vecinos y como tal se trataban, apoyándose más de lo que se atacaban y dejando más muestras de integración que de agravios.

Sin duda el ejemplo más conocido en ese sentido es el del arquetipo del morisco que supone Ricote, el personaje cervantino que se encuentra con “mi caro amigo, mi buen vecino Sancho Panza”, a quien este no reconoció por ir vestido en traje de moharracho y franchote (francés), estilo que sí era extranjero para ambos, partícipes de una cultura común, más allá de si uno u otro descendía de musulmanes, que no les suponía un problema. Pero son mucho más valiosos aunque menos conocidos los ejemplos reales y no literarios.

En Las Ventas con Peña Aguilera, Juan Gómez denunciaba a Alonso Pérez en 1594. Ambos eran vecinos, aunque Alonso era morisco y había llegado en 1570 desde Gaucín, en la serranía de Ronda. Se integró, hizo amigos y con ellos compartió una idea extendida y habitual entre hombres: que acostarse con una prostituta no era pecado. Tanto Alonso como todos los testigos reconocieron que Alonso había dicho eso, pero en ninguno de ellos se aprecia malicia ni intención por agravarle el delito acusándole de ser un musulmán encubierto. Tampoco los jueces pudieron conseguir comprometerle en ese sentido, confirmando que rezaba habitualmente como cristiano. Alonso, morisco, era tan español como sus vecinos, independientemente de si su cultura era más o menos hereditaria de al-Ándalus.

Hidaya, cuyo nombre de cristiana bautizada era Águeda, llegó también a Toledo procedente de Benaque, en la Axarquía, junto a las miles de moriscas desterradas entre 1570 y 1576. Se asentó en la Mancha, se casó en Toledo y aquí pasó sus últimos años de vida. Con su marido, cristiano viejo, pero también con hombres y mujeres de la comunidad morisca, celebraba Ramadán sin que a unos ni otros les resultase un problema, como parte de una cultura ajena de muchos pero propia de otros, compartiendo buñuelos y tortas de aceite durante la ruptura del ayuno. Y lo hacía en 1609, el año exacto de la expulsión, cuando la propaganda oficial alcanzaba su cénit con la idea de que la minoría morisca no quería integrarse ni adaptarse a las costumbres de la mayoría.

Ejemplos como estos se repiten por otras ciudades y pueblos de Aragón, con casos fascinantes como el del estudiante valenciano Joan Ochoa, que sin entender los motivos fue llevado ante la inquisición a testificar contra sus vecinos moriscos, contando Las Ventas con Peña Aguilera —sin ver qué había de malo en ello— que muchos “no se encubrían del (Ramadán) cuando ayunaban y hacían sus Pascuas; antes, en las dichas Pascuas le convidaban y él comía con ellos de sus manjares”. Los inquisidores le preguntaban extrañados que por qué siendo cristiano “se entremetía tanto entre los moriscos”, a lo que él contestó: “Señor, ellos me convidan, ¿qué tengo de hacer?”. Un caso más, según parece, de cómo la propaganda terminó convenciendo tan solo a los propios propagandistas, a los ya convencidos, pero no a quienes vivían como vecinos compartiendo calles, mercados, crisis económicas y esperanzas de futuro.

Fuente: El Salto Diario