El textil andalusí no fue solo el ámbito excepcional de las sedas califales, los paños con hilos de oro o las piezas suntuarias asociadas al poder. Fue, ante todo, una práctica cotidiana que unía agricultura, ganadería, trabajo doméstico, fiscalidad, mercado y consumo. La investigación reciente de José María Moreno Narganes, cristalizada en Trabajando en casa: producción de hilo y tejido en el espacio doméstico de al-Andalus (ss. IX–XIII), publicada por la Universidad de Jaén, permite ver ese mundo desde el registro arqueológico al abordarse más de cien yacimientos, repartidos de la costa portuguesa del Garb al-Andalus al mediterráneo del Sharq. Se han analizado herramientas de hilado como fusayolas, husos, elementos de rueca, de tejido como telares verticales y horizontales, y una infinidad de otros útiles como agujas, dedales, peines y tijeras, disperso todo este material por casas en alquerías, poblados fortificados, arrabales urbanos e incluso, alcazabas. El resultado es una imagen menos brillante, pero históricamente mucho más fértil: la del textil como una de las actividades económicas esenciales de al-Andalus, fuertemente apoyada en el trabajo femenino y familiar, articulada con redes comerciales y sometida a los ritmos de un estado tributario que, entre los siglos IX y XIII, favoreció una profunda reconfiguración técnica y material de las herramientas y de la organización del trabajo.

Fig. 1. Portada del libro Trabajando en casa: producción de hilo y tejido en el espacio doméstico de al-Andalus (ss. IX–XIII) (Autor)
Cuando pensamos en tejidos andalusíes suele imponerse el rico tejido, un fragmento de ṭirāz, una seda con inscripción cúfica, un paño de altar conservado en un tesoro eclesiástico. Sin embargo, como ha señalado Laura Rodríguez Peinado, la producción textil fue un factor económico, social y cultural de primer orden, visible en las fuentes históricas, en los tejidos conservados y, cada vez con más fuerza, en la arqueología. Y, como recuerda Eva Andersson, el tejido y su uso responden tanto a necesidades materiales, como a configurar un lenguaje social complejo: informan sobre jerarquías, clase socio-económica, identidades, género, religión o pertenencia comunitaria. En este sentido, el textil se sitúa en la intersección entre lo económico, lo técnico y lo simbólico, siendo al mismo tiempo producto, proceso y medio de expresión.
Aplicada a al-Andalus, esa mirada permite desplazar el foco desde la pieza de lujo hacia la cadena completa del trabajo. En ese cambio de escala reside la importancia de la monografía publicada por la Universidad de Jaén. El índice del volumen es una propuesta metodológica, en la que se combina arqueología del espacio doméstico, arqueología de la producción, una perspectiva materialista sobre estado y tributo, estudio de materias primas vegetales y animales, análisis diacrónico de herramientas y un anexo morfométrico que busca medir, comparar y establecer tipologías. Se trata de pasar de lo particular, la herramienta hallada en el interior del hogar, a reconstruir los sistemas de trabajo que explican su razón origen, cambio y fin. Por eso la pregunta decisiva deja de ser qué tejidos admiraba la corte y pasa a ser cómo, dónde, con qué instrumentos y bajo qué relaciones sociales se convertían la lana, el lino, el cáñamo, el algodón o la seda en hilos, paños y prendas.
La producción textil formó parte de la base económica de un mercado complejo y diverso, capaz de abastecer circuitos locales y de conectarse con escalas más amplias de intercambio.
Como ha mostrado Manuela Marín, el vestido y el tejido en al-Andalus pueden leerse a través de documentos jurídicos, prácticas urbanas y formas de identidad, especialmente vinculadas a las élites. La articulación de esas fuentes con la normativa, la agronomía, la arqueobotánica, la arqueozoología y el registro material permite hoy construir un relato histórico más denso y socialmente más complejo. En ese relato, el textil aparece como una tecnología en transformación, una práctica que exigía conocimientos técnicos, tiempo, destreza y una inversión sostenida de trabajo. Desde esta perspectiva, la producción textil formó parte de la base económica de un mercado complejo y diverso, capaz de abastecer circuitos locales y de conectarse con escalas más amplias de intercambio, fiscalidad y consumo. Esa infraestructura productiva descansaba, en buena medida, sobre una organización doméstica y familiar del trabajo, sostenida por un esfuerzo especialmente femenino y distribuido a lo largo del ciclo vital. Desde el aprendizaje en la infancia hasta la experiencia acumulada en la vejez, el hilado, el tejido y las tareas asociadas se inscribieron en la sombra cotidiana del hogar, del patriarcado y del Estado tributario.
El textil andalusí dependía de paisajes agrarios y pastoriles concretos como reflejan las fuentes botánicas y agronómicas estudiadas por Expiración García Sánchez y que muestran la importancia de las plantas textiles y tintóreas en la actividad industrial del mundo islámico y, en particular, de al-Andalus. Entre las fibras vegetales destacan el lino y el cáñamo, pero también el algodón, cuya introducción y expansión fueron parte de las transformaciones agrarias asociadas a la conquista islámica y a la llamada “revolución verde”. Un balance reciente de la cuestión insiste, de hecho, en que el aumento de la productividad agrícola y la reorganización de los espacios productivos entre los siglos X y XII fueron decisivos para la transformación económica de los territorios de al-Andalus.
La lana remite, por su parte, a una base ganadera desarrollada como ejemplifican los estudios arqueozoológicos reunidos por Marcos García García y Marta Moreno García indican una sobrerrepresentación de ovicápridos en muchos conjuntos andalusíes, urbanos y rurales, lo que habla de dieta y aprovechamiento cárnico, y paralelamente de una disponibilidad estructural de lana y hueso, dos materias esenciales para la cadena textil. Esta conclusión dialoga bien con las observaciones de la monografía sobre la presencia de herramientas en hueso trabajado y sobre la relación entre intensificación ganadera y utillaje textil.
La seda no fue un producto suntuario desligado de su base material, más bien el resultado de una cadena de trabajo que arrancaba en el medio rural.
La seda ocupa, en efecto, un lugar singular dentro del universo textil andalusí. El Calendario de Córdoba, redactado en 961, permite seguir con notable precisión el ritmo anual de esta actividad, pues en él aparecen enlazadas tanto las labores agrarias ligadas al cultivo de la morera como las distintas fases de obtención y gestión de la fibra, lo que revela hasta qué punto la sericicultura formaba parte de una organización económica compleja y perfectamente calendarizada. En ese mismo ciclo productivo se percibe, además, una distribución social del trabajo muy significativa: durante el mes de febrero, por ejemplo, eran las mujeres quienes recogían los huevos del gusano y comenzaban su incubación, cuidando así una de las fases más delicadas del proceso, mientras que en otros momentos del año intervenía la administración fiscal, que enviaba órdenes a los agentes provinciales para requisar seda destinada al ṭirāz o taller palatino. La documentación permite, por tanto, entender que la seda no fue un producto suntuario desligado de su base material, más bien el resultado de una cadena de trabajo que arrancaba en el medio rural, descansaba en parte sobre trabajo femenino y culminaba en mecanismos de control, redistribución y consumo vinculados a la corte. Más que un sector marginal o accesorio, la sericicultura actuó como un verdadero punto de articulación entre paisaje agrario, especialización productiva, fiscalidad y manufactura de lujo en al-Andalus.
Esta división resulta imprescindible si se atiende a la lógica de la cadena operativa, ya que el saber técnico y, con él, las herramientas implicadas, variaba de forma sustancial en función de la fibra, aun cuando el esquema general pueda ser reconstruido. En la lana: esquila, lavado, desengrasado, secado, cardado o peinado, hilado, torsión, urdido, tejido y acabado; en el lino y el cáñamo: siega o arranque, secado, enriado o maceración, quebrado, espadado, rastrillado, hilado y tejido; en el algodón: limpieza, desmotado, esponjado, hilado y tejido; en la seda: cuidado del gusano, recolección del capullo, devanado, torsión, teñido y tejido.
Cada pieza encarna una solución técnica concreta, vinculada a una materia prima determinada y a una fase precisa de la producción, permitiendo reconstruir la cadena operativa.
Sin embargo, lo verdaderamente histórico es tanto la secuencia, como el hecho de que cada uno de estos procesos implicaba conocimientos técnicos específicos, gestos corporales diferenciados y tiempos de trabajo propios, que se materializaban en un instrumental igualmente diverso. El estudio de estas herramientas con fusayolas, husos, elementos de rueca, templenes, punzones de tejer, peines, tijeras, elementos de devanado o torcido, resulta fundamental. Cada pieza encarna una solución técnica concreta, vinculada a una materia prima determinada y a una fase precisa de la producción, permitiendo reconstruir la cadena operativa, y la especialización del trabajo y sus transformaciones en el tiempo. En este sentido, la arqueología del textil no se limita a suplir la ausencia del producto acabado —raramente conservado por su naturaleza orgánica—, más consecuentemente abre una vía privilegiada para analizar la circulación de conocimientos técnicos a escala mediterránea, visibles en la adopción, adaptación y persistencia de formas, materiales (cerámica, hueso, metal) y sistemas de trabajo que conectan contextos locales con dinámicas más amplias de transmisión tecnológica.
Herramientas, gestos y cambios técnicos
El instrumento más ubicuo del hilado es la fusayola, el contrapeso que aporta inercia al huso y permite regular la torsión. Su masa, su diámetro, su perforación y su materia importan, como demuestran los análisis técnicos, el tamaño del huso y de la fusayola se relaciona con las características del hilo que se pretende obtener. La monografía ha mostrado que, a partir del siglo IX, las fusayolas andalusíes tienden a abandonar soluciones más rudimentarias en hueso o en cerámica reutilizada para avanzar hacia piezas cerámicas moldeadas con mayor uniformidad morfométrica, signo de estandarización técnica. En los siglos XII y XIII crece además la presencia de ejemplares de hueso, más ligeros y aptos para hilados más finos, mientras aumentan también las puntas de huso y los elementos de rueca en el registro arqueológico. El huso fue el eje de ese trabajo, se trata de una varilla que, en rotación, convertía fibra suelta en hilo continuo. La rueca, entendida en el sentido amplio con el que aparece en el registro arqueológico andalusí, remite a un conjunto de elementos vinculados al sostén, preparación y control de la fibra durante el hilado. En este contexto, adquieren especial relevancia los denominados “elementos de rueca”, conocidos como torres de rueca, piezas generalmente elaboradas en hueso y que trascienden su dimensión estrictamente funcional. A pesar de su finalidad utilitaria, muchas de estas presentan una cuidada elaboración formal y una decoración elaborada, lo que apunta a una dimensión social y simbólica del trabajo textil. No se trata únicamente de herramientas, son objetos insertos en prácticas cotidianas cargadas de significado, donde técnica, estética e identidad se entrelazan. Su decoración, lejos de ser accesoria, sugiere que el acto de hilar implicaba también formas de representación, prestigio o incluso afirmación cultural, revelando así la profundidad social de una actividad aparentemente cotidiana.

Figura 2. El hilado a través del registro arqueológico de diferentes yacimientos de al-Andalus (Izquierda) y las Maqāmāt de al-Ḥarīrī (Derecha). A: Elementos de rueca. B: Fusayolas de huso. C: Puntas de huso en aleación de cobre.
En el caso del tejido, el relato predominante se ha construido en torno al templén y a la expansión del telar horizontal de pedales en al-Andalus. Sin embargo, esa lectura ha tendido a simplificar la complejidad productiva del registro, al proyectar una imagen demasiado lineal del cambio técnico. Frente a ello, los indicios disponibles invitan a pensar en un proceso más dinámico, en el que distintas formas de trabajo, herramientas, espacios de producción y ritmos de adopción tecnológica pudieron coexistir, solaparse y transformarse de manera desigual según los contextos sociales, territoriales y domésticos. El estudio publicado ha permitido vislumbrar que la llegada y difusión del telar horizontal de pedales se hace visible en al-Andalus desde finales del siglo IX; al mismo tiempo, la evidencia sugiere que en lugares como Córdoba y Toledo no desapareció de inmediato el telar vertical de marco, de modo que innovación y continuidad convivieron durante un tiempo. Esa coexistencia es uno de los rasgos más interesantes del cambio técnico: los sistemas nuevos no borran automáticamente los antiguos, más bien se superponen a ellos, se adaptan a fibras y necesidades distintas. Además de estas piezas, el registro incluye agujas, dedales, púas de peine y tijeras. Ninguna de ellas, por sí sola, crea un taller; juntas, en cambio, dibujan entornos o escenarios de trabajo. La arqueología textil andalusí descansa precisamente en esa suma de indicios: objetos de hueso, cerámica o metal, hallados en estancias domésticas, vertederos, alquerías, arrabales o sectores urbanos, que permiten identificar tareas de preparación de fibra, hilado, tejido, cosido, reparación y acabado. Como se ha insistido por una necesidad metodológica, la interpretación debe bajar hasta el estrato y la estancia concreta cuando la excavación lo permite. Ahí es donde la “casa” deja de ser un fondo arquitectónico y se convierte en un lugar de producción.

Figura 3. Ejemplos contemporáneos de los telares en al-Andalus. Herencia y técnica del telar vertical de marco (A) y horizontal de pedales (B). Izquierda: Archives de la Planète – Collection Albert Kahn. Derecha: Autor
Casas, talleres y mercados
La aportación central de la monografía “Trabajando en Casa” consiste en haber devuelto centralidad al espacio doméstico, no como escenario secundario, ahora como verdadero taller descentralizado parte de la economía. En su interior, y materializado ahora a partir de la producción textil, la familia patriarcal fue la célula productiva esencial en una economía precapitalista, y el interior del hogar —sus habitaciones, patios, umbrales y anexos— debe entenderse también como un espacio de trabajo.
Estas actividades entre las paredes de la casa no significan aislamiento, en este sentido como ha mostrado Alejandro García Sanjuán al estudiar los manuales de ḥisba, los oficios andalusíes estuvieron organizados y sometidos al control del poder a través del muḥtasib y de delegados o alamines; esa organización parece consolidarse de forma más clara en los siglos XII y XIII. El mercado no era un ámbito “libre” en sentido moderno, se trataba de un espacio regulado, vigilado y atravesado por mediadores. El sector textil, por su amplitud y por la importancia de precios, calidades y fraudes, encaja bien en esa lógica de supervisión. A la vez, el textil doméstico no puede entenderse al margen de la fiscalidad. Una de las hipótesis más sugerentes presentadas para la producción textil es entender el efecto que la presión tributaria del estado andalusí, más allá de un simple “fomento” artesanal, y que pudo empujar a mejorar herramientas, ritmos de trabajo y capacidad productiva. De este modo, la argumentación deja de partir de la élite y sitúa en primer plano a quienes sostuvieron materialmente la producción. La extracción fiscal generó el motor monetario que hizo posible tanto la especialización asalariada del ṭirāz como el desarrollo de un sector de tejidos de alto valor añadido. La plusvalía captada mediante impuestos alimentó mezquitas, palacios, fortalezas y ejércitos; pero también, indirectamente, exigió una base productiva capaz de sostenerla. El textil cotidiano y la seda cortesana no fueron dos economías incomunicadas: formaban parte de un mismo universo fiscal y mercantil.
El textil cotidiano y la seda cortesana no fueron dos economías incomunicadas: formaban parte de un mismo universo fiscal y mercantil.
Preguntarse por quiénes producen y qué papel desempeñan en cada fase del proceso conduce necesariamente a abordar la cuestión del género, es decir, la división técnica y social del trabajo que subyace a la producción textil. La investigación histórica y arqueológica coincide en señalar que actividades como el hilado, el devanado de la seda o la preparación de las fibras estuvieron de forma persistente vinculadas al trabajo femenino, tanto en el ámbito doméstico como en determinados contextos de producción más concentrada. Esta asociación se apoya en un conjunto heterogéneo de fuentes: textos normativos como las fatwās, que aluden indirectamente a estas actividades en contextos jurídicos; tratados de ḥisba, donde se regulan oficios, calidades y prácticas comerciales; obras geográficas como las de al-Idrīsī, que describen centros productivos y especializaciones regionales; o relatos de viaje (riḥla), que aportan observaciones sobre el trabajo, los mercados y las prácticas cotidianas en distintos territorios del mundo islámico. A ello se suman las fuentes agronómicas y calendáricas —como el Calendario de Córdoba— que permiten insertar estas actividades en ciclos productivos anuales. En conjunto, se trata de un corpus fragmentario, a menudo indirecto, que exige una lectura crítica, pero que coincide en señalar la centralidad de este trabajo.
Ahora bien, asumir esta vinculación no implica aceptar sin más la tradicional división entre “trabajo doméstico” y “trabajo especializado”. El propio registro material formado por herramientas cada vez más complejas, la diversidad de materias primas implicadas y la precisión técnica, exige cada fase del proceso evidencian que nos encontramos ante prácticas altamente cualificadas. Dominar el hilado, controlar la torsión, preparar adecuadamente las fibras o manejar fusayolas o ritmos y patrones de puntos de tejer requerían un aprendizaje prolongado, destrezas específicas y una transmisión constante de conocimiento técnico. Se trata, además, de saberes dinámicos, conectados con procesos de innovación y circulación tecnológica a escala mediterránea, donde formas, materiales y soluciones técnicas se adaptan y transforman en función de contextos locales. En este sentido, hablar de “producción doméstica” no debe suponer una despolitización del problema ni una reducción a lo privado. Al contrario, implica reconocer que una parte sustancial de la economía andalusí se sostenía sobre un trabajo continuo, cualificado y socialmente estructurado, desarrollado en gran medida por mujeres, cuya aportación resulta fundamental tanto para la reproducción cotidiana como para la articulación de redes productivas, comerciales y fiscales más amplias. La combinación de fuentes escritas —jurídicas, geográficas, narrativas— y evidencia arqueológica permite así componer una realidad en la que el espacio doméstico se revela como un ámbito clave de producción, innovación y transmisión de saber técnico.

Figura 4. Del tejido del califa a la casa. A: Tejido andalusí de las Águilas (Ramos 2022, 534). B: Producción textil doméstica (Imagen cedida por el MAGA).
Las investigaciones de Eneko López han puesto de relieve que la producción textil en al-Andalus se organizó en torno a una notable diversidad de centros y escalas, cuya articulación solo puede comprenderse plenamente si se integra el papel del ṭirāz como dispositivo político, económico y técnico. Lejos de constituir un sistema dual entre talleres estatales y producción dispersa, el panorama andalusí revela una estructura jerarquizada en la que coexistieron —y se interrelacionaron— talleres palatinos, manufacturas urbanas especializadas y una base doméstica ampliamente extendida.
En la cúspide del sistema se situaba el ṭirāz omeya, institucionalizado desde Córdoba como parte del aparato estatal y estrechamente vinculado a la legitimación del poder. Desde época emiral, y especialmente tras las reformas de ‘Abd al-Raḥmān II, se articuló una red de talleres coordinados por la administración, con un núcleo central en la dār al-ṭirāz y una jerarquía interna definida. En su nivel superior destacaba el ṭirāz jāṣṣ, taller personal del soberano, especializado en piezas destinadas al califa y su entorno —sedas con hilos metálicos, bordados o tejidos importados acabados localmente—, cuyo valor era tanto productivo como simbólico, al funcionar como marcador de proximidad política. Junto a este núcleo existía una red de talleres estatales distribuidos que abastecían a la administración y al ejército con producciones diversas —desde sedas de alta calidad (jazz) hasta lino, fieltros o tejidos mixtos— en volúmenes capaces de sostener campañas militares y prácticas redistributivas. Este sistema solo se explica por la coordinación de múltiples unidades productivas, incluidas tanto estructuras estatales como talleres privados que trabajaban bajo encargo o en conexión con el ṭirāz, configurando un modelo híbrido, no plenamente centralizado, basado en el control y la redistribución. En un nivel intermedio, los talleres urbanos —como los del zoco cordobés— actuaban como espacios de transformación, especialización y circulación. En ellos se trabajaban distintas fibras, técnicas y calidades en relación tanto con la demanda estatal como con los mercados urbanos, funcionando como nodos que conectaban la producción doméstica con los circuitos comerciales y, en ocasiones, con el propio ṭirāz. Sin embargo, la base del sistema residía en una producción doméstica extensiva, documentada en todo tipo de asentamientos, que garantizaba el abastecimiento local y la generación de excedentes. En ciertos contextos se percibe incluso una segmentación de la cadena operativa, con hogares especializados en fases concretas, lo que apunta a formas de especialización distribuida sin concentración en grandes talleres.
Este sistema solo se explica por la coordinación de múltiples unidades productivas, incluidas tanto estructuras estatales como talleres privados.
A escala territorial, esta estructura se reflejó en la aparición de centros regionales especializados, inicialmente integrados en la lógica del ṭirāz pero progresivamente orientados al mercado. Ejemplos como Zaragoza, con sus pellizas de marta, o Baza, con sus alfombras de dībāŷ, evidencian producciones vinculadas a recursos y tradiciones locales que acabaron consolidándose gracias a la demanda privada. Este proceso culmina en el sudeste, en el eje Pechina–Almería, donde desde finales del siglo IX talleres privados conectados con redes marítimas canalizaron materias primas y productos hacia circuitos de largo alcance. Tras la crisis del califato en el siglo XI y la desaparición del ṭirāz, estos centros se transformaron en polos hegemónicos de la producción textil mediterránea, como demuestra la expansión de los talleres sederos de Almería.
Desde una perspectiva diacrónica, el sistema textil andalusí experimenta así una evolución, entre los siglos IX y X, predomina una lógica de centralización y control estatal, en la que el ṭirāz actúa como eje organizador de la producción y como instrumento de jerarquización social. A partir del siglo XI, sin embargo, se observa una progresiva diversificación regional, una mayor autonomía de los talleres urbanos y privados, y una creciente integración en redes comerciales, en las que el mercado adquiere un protagonismo cada vez mayor. Este implicó su rearticulación dentro de un sistema más complejo, en el que distintas escalas productivas como la doméstica, urbana y estatal responden a niveles diferenciados de consumo, desde el cotidiano hasta el suntuario. El ṭirāz, los talleres urbanos y la producción doméstica formaron parte de una misma estructura productiva multiescalar, en la que la diferenciación técnica, la jerarquización social y la articulación territorial se combinaron para dar lugar a un modelo económico altamente flexible, capaz de adaptarse tanto a las exigencias del poder como a las dinámicas cambiantes del mercado.
Del textil en al-Andalus a la hilandera:
La mayor virtud de esta línea de investigación no reside en ofrecer una imagen cerrada o definitiva, más propiamente, en haber abierto un campo que durante demasiado tiempo quedó subordinado al relato histórico de los tejidos de lujo. Ese trabajo obliga a cambiar la escala y la sensibilidad: a mirar menos el paño excepcional y más las horas de labor que lo hicieron posible; menos el objeto como tesoro y más la acumulación cotidiana de gestos, aprendizajes y fatigas que sostuvo la producción textil en casas, patios y talleres. Visto así, el textil andalusí deja de ser solo un capítulo de las artes suntuarias para convertirse en una vía privilegiada de acceso a la reproducción material de la sociedad donde el trabajo de las mujeres resulta central. No únicamente porque hilar, preparar la fibra, devanarla, torcerla o coserla fueran actividades asociadas de forma persistente al trabajo femenino, más racionalmente, porque una parte muy considerable de ese trabajo quedó absorbida en el interior del hogar, naturalizada como obligación familiar y escasamente reconocida como producción cualificada. Sin embargo, fue precisamente esa masa de tiempo, de destreza y de disciplina la que sostuvo buena parte del sistema.
El esplendor de las manufacturas elitistas solo fue posible porque descansaba sobre una base mucho más amplia de trabajo invisibilizado.
No solo hizo posible la seda que alimentaba el prestigio cortesano o el sector del ṭirāz, sostuvo, sobre todo, el vestido diario en pueblos y ciudades, los paños bastos o finos del consumo cercano, las necesidades textiles de amplias capas de la población y, con ello, la reproducción cotidiana de las clases trabajadoras. Cuantitativamente, y como recientemente ha defendido Chris Wickham, ese fue sin duda el horizonte principal del textil andalusí: no el de las piezas excepcionales destinadas a minorías privilegiadas, sino el de un consumo local y regional, denso, continuo y socialmente extendido, que exigía una producción igualmente constante. Por eso conviene insistir en una idea final, el esplendor de las manufacturas elitistas solo fue posible porque descansaba sobre una base mucho más amplia de trabajo invisibilizado. Bajo los paños de oro, las sedas califales o los brocados celebrados por las fuentes había una economía doméstica exigente, largas jornadas de preparación de fibras, aprendizaje técnico transmitido entre generaciones y una explotación difusa pero estructural del trabajo femenino y familiar. Reconocerlo no rebaja la importancia del textil andalusí; al contrario, la sitúa en su verdadera dimensión histórica. Nos obliga a entender que una de las grandes fuerzas productivas de al-Andalus, en la suma silenciosa de miles de horas de trabajo realizadas en el ámbito doméstico para vestir, abrigar y sostener la vida cotidiana de la mayoría.
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© Imagen de portada: Producción textil doméstica (Ilustrado por Giuseppe Berardi. Asesoría Joan Negre, José María Moreno Narganes y Marcos García. Museu Arqueològic de Gandia. Cedida)

